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Uno de los argumentos que más fácilmente rebatieron los funcionarios públicos que comparecieron ante legisladores para explicar el aumento en los precios de las gasolinas y el próximo final del mercado controlado fue aquel que gritaba, con desgarro de vestiduras incluido, que los más afectados eran los ciudadanos de a pie.

¿Los de a pie, señor legislador? ¿Los que no tienen coche, diputado? Bueno, es que en términos relativos hay muchos mexicanos que tienen que trabajar decenas de horas para llenar el tanque de sus coches, responden algunos de los políticos y analistas más indignados con el aumento en los combustibles.

La respuesta correcta de los opositores al pago del precio real de los combustibles debería ser el impacto que tienen los aumentos en energéticos en la formación de precios de muchas cadenas productivas.

Porque no sólo es el proceso de liberación de los precios de las gasolinas, son los aumentos en las tarifas eléctricas y en otros energéticos como el gas natural.

El error gubernamental de una muy mala aplicación y explicación del proceso de liberación de precios sí ha repercutido en las expectativas inflacionarias. Sobre todo porque dejó espacios abiertos para muchos grupos de interés que vieron en esos aumentos una gran oportunidad de obtener beneficios personalísimos.

La proporción de estos incrementos en los costos da para una pequeña burbuja de precios que quizá puedan llevar la inflación general a 6% y después un regreso a los niveles de la nueva realidad el dólar caro, en torno a 4 por ciento.

En ese río revuelto hay un sector que tiene antecedentes de aprovechar la coyuntura a su favor. La cadena maíz-tortilla ya ha sido protagonista de importantes crisis de precio y abasto de un alimento que es el más básico de la escasa canasta alimenticia de la mayor parte de la población. Desde los medios de comunicación, desde las redes sociales, desde los partidos políticos se da vida a la más reciente pesadilla de los ciudadanos: el tortillazo.

Con ese mote se describe cómo algunos tortilleros se han coludido para elevar al mismo tiempo y en una proporción superior al aumento de sus costos el precio del kilogramo de este alimento.

Hay dos intereses malsanos en bautizar esos aumentos como tortillazo; el primero es lograr el aumento coordinado entre productores y el segundo, seguir con el golpeteo político.

A principios del 2007 sí hubo una crisis en la cadena maíz-tortilla que implicó un aumento muy fuerte de este alimento. Eran tiempos de energéticos altos y de precios históricos en las materias primas.

Se generó acaparamiento, colusión, especulación y una crisis política para el gobierno entrante de Felipe Calderón. Al final ni las inspecciones ni las sanciones pudieron con el fenómeno.

Para los precios altos entonces no hubo remedio; contra la especulación el antídoto fue la competencia. Se acreditaron las cadenas de autoservicio como distribuidoras de tortilla y obligaron a la competencia.

Hoy que no hay una crisis en la cadena maíz-tortilla, pero sí un gran oportunismo, hay que echar mano de esa competencia para tranquilizar un mercado contagiado por la estridencia.