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Agustín Carstens fue un gran gobernador del Banco de México, pero no pudo cerrar de gran modo su gestión. Entrega el banco central con una inflación tercamente situada por encima del 6%, casi el doble del promedio registrado entre el 2012 y el 2015. El primer reto para Alejandro Díaz de León será bajar drásticamente la inflación sin frenar la economía, en un año donde las elecciones pondrán mucha presión política a la toma de decisiones técnicas.

¿Es imputable el descontrol inflacionario del 2017 a Carstens? Todo depende del color del cristal con que se mire. Por ley, la principal obligación del Banxico es preservar el poder adquisitivo de la moneda mexicana. En ese sentido, algo del repunte inflacionario tiene la marca del banco central. ¿Asunto resuelto? No, la inflación que vivimos obliga a una mirada más inquisitiva.

A Agustín Carstens le gusta el beisbol. Usando una metáfora de ese deporte, podemos decir que a él se le cargan algunas carreras sucias. La tarea de combate a la inflación se volvió muy difícil de ejecutar en el año en curso por la puesta en marcha de decisiones de política fiscal y energética. Los primeros brincos de la inflación fueron provocados por los incrementos a los precios de las gasolinas. Estas alzas eran necesarias para cerrar un agujero en las finanzas públicas, pero su implementación sirvió como “pretexto” para liberar una inflación que llevaba mucho tiempo reprimida.

Casi todos esperaban que el impacto inflacionario del gasolinazo se diluyera hasta desaparecer en el último trimestre del año. Casi nadie contaba con el impacto que tendría la decisión de liberar totalmente el mercado del gas natural. La liberalización de este mercado se tradujo en un incremento del precio de 34% en promedio, aunque hay regiones donde el aumento a lo largo del 2017 es de 54 por ciento. Éste es uno de los factores que han hecho difícil el trabajo de “amansar” los precios.

¿Cuánto tiempo más podremos aguantar con la inflación en torno al 6%? Muy poco. Las primeras declaraciones de José Antonio González Anaya, en la SHCP, dejan claro que la inflación preocupa al nuevo secretario. Es lógico: una inflación tercamente alta hace imposible bajar las tasas de interés. Esto encarece el servicio de la deuda pública y obliga al gobierno federal a redoblar el esfuerzo de recorte del gasto corriente. Obliga, además, a disminuir la inversión pública.

González Anaya expresa su voluntad de que la inflación vuelva a 3% a fines del 2018. Sus palabras pueden ser música para los oídos del próximo gobernador del Banco de México. Éste tendrá el reto de coordinarse con el secretario de Hacienda para lograr que las políticas fiscal y monetaria converjan en el cumplimiento de objetivos estratégicos. En el 2018, uno de ellos será el abatimiento de la inflación. En el 2017, no hubo tal convergencia porque Hacienda tenía como prioridad producir un superávit primario de las finanzas públicas, aunque eso pegara a la meta inflacionaria, con el alza de los precios de las gasolinas.

La inflación del 2018 no será el único toro bravo que enfrentará Alejandro Díaz de León, pero la forma en que lo maneje podría marcar el tono de su gubernatura. A todos nos conviene que tenga éxito. Él tiene inteligencia, formación académica y experiencia. Necesitará coordinación y suerte para hacer la faena.

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