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No es el mejor momento para un mexicano en Estados Unidos. Emigrantes, turistas y hasta grandes personalidades sufren los estragos de estar en la mira de los radicales.

Poco ayuda la imagen de violencia, corrupción y desorden que proyecta México al exterior, pero hay un desprecio muy marcado a los que nacimos en este país cuando estamos al norte de nuestras fronteras.

El ejemplo más reciente de cómo hay un desprecio marcado para los mexicanos lo vimos con Alejandro González Iñárritu (o Alejandro G. Iñárritu, como ahora se hace llamar para complacer a los gringos) y las expresiones de dos prominentes ciudadanos de ese país.

Lo dicho por el actor Sean Penn al anunciar el premio para el director mexicano no fue una broma, fue un comentario editorial de un amplio sector de la sociedad estadounidense: “¿Quién le dio su tarjeta de residencia a este tipo?”.

Puede ser muy cuate del director mexicano, pero evidenciar su carácter de inmigrante es algo que este actor que se dice progresista no haría con un alemán o un japonés, lo hace notar con un mexicano que tiene el color moreno de los González, aunque ahora se lo quite del nombre.

El otro que atiza el fuego racista es el famoso Donald Trump, quien despotrica en contra del cineasta mexicano no por su trabajo sino por su origen. Pero esto se debe tomar de quien viene y este millonario goza de más dólares que calidad moral. En todo caso, habría que tomar en cuenta que el máximo jerarca católico advierte a sus paisanos de evitar una “mexicanización” de la Argentina; eso sí pesa viniendo del Papa.

Pero en Estados Unidos el sentimiento antimexicano no sólo cruza por la farándula y su impacto en los medios y las redes sociales, tiene peso en la política local y por supuesto en la vida cotidiana.

En la política estadounidense la situación migratoria de millones de indocumentados, primordialmente latinos, básicamente mexicanos, es un asunto de discusión partidista. No en un afán de poder encontrar una salida a la ausente reforma migratoria, pero sí como una manera de buscar desde el bando republicano la disminución de la figura del presidente demócrata, con miras a las elecciones del próximo año.

Y es que cuando la economía reivindicaba la mano de obra latina, la política se encarga de encarecer la aceptación social de estos trabajadores extranjeros.

Las remesas que dio a conocer el Banco de México, con datos hasta enero pasado, muestran que hay una recuperación en el poder de compra de aquellos que envían recursos a sus familias en México, a pesar del bache mensual del primer mes del año y su disminución de 0.7 por ciento.

La recuperación económica abre oportunidades y crea necesidades de mano de obra. Sin embargo, la determinación republicana de bloquear la decisión ejecutiva de Barack Obama de regularizar a un grupo de inmigrantes ha puesto el tema en el centro del debate preelectoral estadounidense.

Si éstos no son los mejores tiempos de México, eso también se nota en el trato que reciben sus ciudadanos en varias partes del mundo donde cuentan demasiado los estereotipos, y en Estados Unidos se rigen mucho por esos patrones colectivos.

Claro que no son etiquetas gratuitas, porque si hoy es difícil ser mexicano en Estados Unidos, también lo es ser mexicano en nuestra propia tierra.