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La eurozona y Grecia se encuentran desde hace más de tres años en una complicada negociación que debe llegar a su desenlace en los próximos días. Dicho desenlace puede tener dos finales posibles, uno donde Grecia permanece dentro de la eurozona y otro donde se establecen las reglas para una salida ordenada.

Aunque las negociaciones se han complicado y parecen haber llegado a un impasse, la mayoría de los especialistas y los mercados sigue apostando por una solución que mantenga a Grecia dentro de la eurozona.

Lo sucedido en Grecia durante los últimos años ha comprobado que el plan para revivir a la economía griega dentro del marco de una moneda única y las condiciones impuestas por la eurozona eran una ilusión.

La apuesta era que Grecia podría mejorar su relación de deuda a PIB, tanto por un incremento en la actividad económica -producto de cambios estructurales enfocados a mejorar la productividad de la economía- como por una reducción en la deuda producto de algunas privatizaciones. Sin embargo, un ajuste fiscal de semejante magnitud sin un tipo de cambio flexible como válvula de ajuste simplemente ha condenado a Grecia a una depresión.

Aunque en teoría Grecia podría estar mejor abandonando la eurozona y adoptando una moneda propia que le permita realizar el ajuste fiscal en un marco de tipo de cambio flexible, utilizando la depreciación de su moneda como válvula de ajuste, alentando la competitividad de sus exportaciones de bienes y servicios (incluyendo al turismo) y fomentando el crecimiento económico, esta solución claramente traería efectos secundarios al estilo Lehman Brothers.

La decisión de no ceder a las demandas griegas y permitir la salida de Grecia de la eurozona calificaría como una de estas decisiones, que al principio podrían parecer buenas, pero que tendrían consecuencias no deseadas que podrían ser devastadoras no sólo para Grecia, sino para la Unión Europea y la economía global.

La adopción del euro como moneda común es, por diseño, irreversible y no existe ningún mecanismo establecido que permita el abandono. Sin embargo, el abandono del euro seguido de la reintroducción del dracma como moneda local en Grecia detonaría una ola de especulación sobre un evento similar en Italia, Portugal o incluso España.

Aunque ninguno de estos países abandone el euro, la sola posibilidad de que dicho abandono fuera factible crearía la percepción de que un euro depositado en los bancos de estos países tendría un valor inferior al de un euro depositado en los bancos de los países más fuertes como Alemania. Dicha situación probablemente provocaría una corrida en contra de los depósitos en los bancos ubicados en las economías más débiles, provocando un caos absoluto. Lo peor del caso es que las autoridades financieras, incluyendo al BCE, podrían hacer poco para estabilizar el sector financiero en este escenario ya que el BCE perdería su facultad de prestamista de última instancia en los países que abandonen el euro.

Para los expertos, la única manera en que Grecia podría abandonar el euro sin consecuencias devastadoras sería mediante la federalización total del resto de la Unión Europea y la garantía total de que el euro es irreversible en el resto de los países miembros. Ante este escenario, los líderes de la eurozona parece que no tienen otra opción más que seguir apoyando a Grecia, cueste lo que cueste, antes que permitir su salida del euro o su quiebra.

Los líderes griegos saben esto y es por eso que están estirando la liga al máximo para obtener el mayor número de concesiones posibles en esta negociación. Sin embargo, al final del día y por el bien de todos, el pragmatismo debe ganar y los líderes de la eurozona y Grecia deben llegar a un acuerdo para mantener al país helénico dentro de la eurozona, de lo contrario las consecuencias serían de pronóstico reservado.