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Las sociedades no arropan a sus políticos en desgracia. Normalmente, terminan de destruirlos. Luego los perdonan o no, pero por lo pronto los devoran.

La política no es un deporte de filántropos y solidarios. Es una pelea a manos libres y el que resbala debe ponerse rápido de pie para evitar que lo pateen.

Hay que patear lo que va cayendo, dice ferozmente Nietzsche, en el ánimo salvaje de que lo que ya no sirve deje de estorbar y florezca más rápido lo nuevo, lo que brota.

No sé si es el mejor consejo que puede darse a una comunidad política irritada como la mexicana, pero describe un impulso radical de la polis. Hay algo de esos instintos en el ánimo social mexicano.

La intensidad del rechazo a Peña Nieto parece tan desproporcionada como innegociable. Esta semana habrá una marcha pidiendo su renuncia. No sé cuánta gente tendrá en la calle, pero tiene mucha en las redes sociales y en las redes del imaginario político. Me parece una causa  riesgosa que, en el fondo, nadie quiere.

La consigna de la renuncia ha tomado las redes sociales, y acaso tomará las calles, pero no ha tomado aún la voluntad de los políticos profesionales.

Las oposiciones políticas podrían plantear la renuncia del Presidente en el Congreso, pero se muestran a la vez cautas y astutas.

No lo derrumben, pide López Obrador. No le muevan, dicen los demás con su silencio.

De cara al proceso electoral que viene, las oposiciones prefieren a este Presidente débil, poco competitivo, frente a las posibles sorpresas de un gobierno fresco.

Un presidente sustituto podría tomar el carro donde lo deja Peña y ofrecer un fin de gobierno que haga menos fácil el trabajo de la oposición, dedicada hoy a medrar de la debilidad del adversario más que a construirse como fuerzas confiables para el futuro.

Peña Nieto podría también tomar la oportunidad de refrescar y relanzar su gobierno. Tiene más poder sin usar que el de cualquiera de sus adversarios. Pero no lo usa.

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