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Si la reducción del gravamen a las remesas desde 5% planteado inicialmente hasta el resultante 1% para transferencias en efectivo o instrumentos físicos similares fue producto de una negociación del gobierno mexicano, sería una exigencia aceptable de la administración de Donald Trump no cacarear ese triunfo.

Trump es, ante su gente, el negociador que nunca pierde y conocer que esta fue una concesión no le vendría bien a su causa política, sobre todo porque no es un tema que tenga la atención de la opinión pública encima.

Si algo llama la atención social de The One Big Beautiful Bill Act es que amenaza con añadir un boquete de 3.3 billones de dólares al déficit presupuestal de ese país, que ya hoy es muy abultado.

Aun en el caso de que los ciudadanos no entendieran el tamaño de ese problema, siempre genera más atención el pleito de Donald Trump con Elon Musk y su nueva amenaza de hasta deportar al empresario sudafricano.

Entonces, si en algo ayudó el esfuerzo de negociación mexicano, es una buena medida la discreción, sobre todo cuando hay en curso otros acuerdos necesarios en materia comercial, financiera, migratoria y de seguridad.

Lo que no hacía falta era agregarle ese componente populista que tanto gusta al régimen y salir con aquello de subsidiar a los que hagan transferencias en efectivo o con instrumentos líquidos que quedarían gravados.

De entrada, es demagogia porque de acuerdo con datos del Banco de México de las 63 millones 480,000 operaciones realizadas por concepto de remesas entre enero y mayo de este año, solamente 390,000 fueron en circulante o en especie, 50,000 fueron Money Orders y no hay registro de una sola operación con cheque.

Esto es, entre enero y mayo de este año más de 99% de las operaciones de transferencia por concepto de remesas, básicamente desde Estados Unidos, se realizaron a través de transferencias electrónicas que quedarían exentas del gravamen de 1% que incluye la versión final del paquete fiscal que se discute en el Congreso de Estados Unidos.

Cualquier autoridad fiscal entiende que los recursos que pasan a través de los canales financieros son mejor fiscalizables que un traspaso en efectivo.

Y así sea por fines recaudatorios o de prevención de lavado de dinero, lo que más convendría es el respaldo de México a esas acciones, no una promesa de subsidio para darle la vuelta al gravamen.

A reserva de entender a qué se refieren con subsidiar a través de la Tarjeta Paisano, esta es una oportunidad perdida para fomentar la bancarización en México, procurar que las remesas que se transfieren en efectivo se incorporen al sistema financiero para que eviten el impuesto de 1%, no sacarlo del bolsillo de los contribuyentes para darle la vuelta.

Alguien logró un gran triunfo con pasar de 5% el impuesto a las remesas a sólo 1% de los traspasos en efectivo, si fue porque en Estados Unidos entraron en razón, nos beneficiamos.

Pero si fue producto de una intervención mexicana y hay que festejarlo en silencio, se entiende, por el “estilo Trump”.

Pero, qué necesidad hay de empañarlo con esas innecesarias cubetadas de populismo ramplón.