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Políticamente, la decisión de la Junta de Gobierno del Banco de México (Banxico) de dejar la tasa de interés interbancaria sin cambios sería un bálsamo para su relación con el gobierno entrante. Porque claramente no hay administración a la que le guste tener el dique monetario para impulsar el crecimiento.

Pero el banco central mexicano no se ha movido en los tiempos recientes por consideraciones políticas. Antes la política monetaria se decidía en Los Pinos, puede ser que en el futuro con integrantes a modo pueda regresar el banco al carril de las decisiones presidenciales, pero hoy no.

Bien, pues es posible que mañana el Banxico decida no aumentar su tasa de interés de referencia de 7.75 a 8 por ciento. Y no sería para quedar bien con nadie.

Sería con el objetivo prácticamente exclusivo en mente de no dejar que la inflación se coma el poder de compra de la moneda, tampoco se trata de que la autoridad monetaria destruya las posibilidades de crecimiento.

Por eso se trata de balancear los riesgos, y el monto del premio por ahorrar en pesos es la pesa que equilibra esa balanza.

La noticia del domingo por la noche en torno al logro de un acuerdo comercial entre México, Estados Unidos y Canadá quitó presión al mercado mexicano, que tenía el lastre del temor de un rompimiento al estilo Donald Trump.

Al mismo tiempo, la transición política continua en el terreno terso. Prácticamente ha desaparecido el gobierno de Enrique Peña Nieto para dar paso al protagonismo de Andrés Manuel López Obrador y entre ambos no hay nada más que buenas palabras.

Ése es un riesgo menos para los mercados. Al menos por ahora, lo que sigue es conocer su planteamiento presupuestal para ver si la calma puede quedarse instalada al inicio del sexenio o bien si los números planteados para los ingresos y el gasto llaman a la alarma.

Ahora, la inflación es ciertamente alta, los precios de los combustibles siguen subiendo de manera importante en todo el mundo y eso debe ser un foco rojo para el banco central.

Pero hay que ver qué es lo que está provocando la inflación y si ésta puede ser estacional y si realmente una tasa de interés alta la evita.

La inflación no subyacente, aquella que considera los precios más volátiles, es la que presiona la medición general de precios. Al cierre de la primera quincena de septiembre, la inflación subyacente anualizaba un escandaloso 8.90%, porque los energéticos ahí dentro tienen una inflación anual de 19.32 por ciento.

Le toca a los que toman decisiones dentro del banco central determinar si subir la tasa de interés realmente frena este tipo de incrementos.

La inflación subyacente, ésta que constituye el corazón de los precios, los que no dependen de temporalidades y variaciones de los mercados, registró un nivel anualizado en esa misma lectura quincenal de septiembre pasado de 3.56%, algo más parecido a la meta establecida.

Puede haber halcones que, queriendo rematar el trabajo hecho sin dejar rendijas a la inflación, opten por subir la tasa a 8 por ciento.

Pero puede haber una mayoría que pague por ver y retenga su determinación que hasta hace unos cuantos días se daba como un hecho.