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En algún momento en este país se destinaban más de 200,000 millones de pesos para subsidiar las gasolinas que consumimos los que tenemos auto. Y lo peor es que hasta “la izquierda” lo defendía.

Como hasta la fecha el precio de las gasolinas es controlado, cuando subía su costo internacional el gobierno federal abría la cartera para no molestar a los electores con aquello de los precios volátiles de los combustibles.

Eran aquellos días en que este país recibía 100 dólares por barril de petróleo y los excedentes eran desperdiciados en esos subsidios y en las partidas especiales que se dilapidaban.

Cuando se derrumbó el precio del petróleo vino a la par una baja en el costo de los combustibles, tanto importados como de producción local. Fue entonces cuando el Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS) que se aplica a las gasolinas empezó a dejar dividendos al fisco.

Los IEPS son esa clase de gravámenes que difícilmente pueden tener opositores que sean tomados en serio, porque se cobra a las bebidas alcohólicas, al tabaco, a las bebidas azucaradas y a las gasolinas.

El alcohol, el tabaco y los refrescos están directamente relacionados con enfermedades y las gasolinas contaminan.

La Secretaría de Hacienda es juez y parte en este mercado, porque fija el precio y por el otro lado fija, con el Congreso, el impuesto que después cobra. Hasta ahí un vicio más de los gobiernos con alta intervención estatal en asuntos del mercado. Pero lo absurdo fue que se deja un precio fijo para las gasolinas, aunque se le aplica un impuesto a tasa variable. La fórmula del fracaso seguro, porque México no controla los precios internacionales de las gasolinas.

Lo que ahora se discute entre los senadores es dejar de tener una tasa variable de ese impuesto, sin que por ahora la Secretaría de Hacienda pierda su papel de fijar los precios. Sólo que para educar a los ciudadanos menores de edad que no saben de precios libres en los energéticos, se dejaría una banda de flotación con precios mínimos y máximos para las gasolinas.

Es como ponerle rueditas a la bicicleta para que en un par de años puedan pedalear como los niños grandes del resto del mundo que pagan precios de mercado por sus combustibles.

Las gasolinas son como los jitomates, tienen un precio altamente volátil. Pero en el caso del fruto rojo lo pagamos o lo dejamos de comprar dependiendo de cómo anden sus precios. Pero en el caso de las gasolinas hay un precio fijo que a veces es significativamente más bajo, como sucedió hace un lustro. O bien es groseramente alto, tal como nos ha sucedido durante este 2015.

Dejar impuestos fijos a este producto es una buena decisión. Lo que sigue es dejar el resto a las fuerzas del mercado y dejar que los consumidores asuman las mieles de las bajas y las amarguras de los precios altos.

Lo que sí tienen que hacer los senadores es pensar si no están dejando muy alta la tasa de impuesto especial a las gasolinas. Porque hoy están bajos los precios internacionales. Pero el día que suban las gasolinas y con los montos que están proponiendo de impuesto, podrían estos energéticos en pocos meses convertirse en un dolor de cabeza para el bolsillo y de paso para los niveles de inflación.