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Ésa es una de las tantas frases de los presidentes del populismo mexicano de los 70 y 80. Tiempos en que esas políticas llevaron a este país a una cadena de crisis económicas que le costaron a México varias generaciones de desarrollo.

Eran las palabras de José López Portillo cuando quería simplificar, en un movimiento cambiario, la devaluación del peso de 22 a 70 por dólar en 1982, todo el mal manejo de la economía que tanto él como Luis Echeverría habían fraguado durante dos sexenios.

Para cuando el peso se devaluó en ese momento, ya había prometido López Portillo defender al peso como un perro. Otra frase sumada al resumen de su larga lista de fracasos como presidente.

Ahora, 40 años después, la realidad de la economía es totalmente diferente, a pesar de que se mantiene vivo en muchos ese pensamiento populista de un manejo centralizado de la economía.

Gracias a la desregulación, apertura, ordenamiento y transparencia en los mercados financieros mexicanos, hoy ya no es una premisa válida aquella de que un presidente mexicano que enfrente una depreciación cambiaria necesariamente tenga que pagar la factura con su credibilidad y popularidad.

Ahora, puede ser que las políticas públicas equivocadas de un gobierno sean el detonante de tal depreciación cambiaria. Las decisiones equivocadas internas pueden ser el factor que desate una corrida financiera contra los activos mexicanos. Sin embargo, hasta hoy, no es el caso del México contemporáneo.

Por ello es que, desde aquellos meses pasados en que la paridad del peso frente al dólar era estable, con una cotización muchas veces inferior a 18.50 pesos por dólar, el mensaje al presidente Andrés Manuel López Obrador era el mismo: no presuma como logro de su gobierno la estabilidad cambiaria.

En primer lugar, porque nada tenía que ver la 4T con esa paz que reinaba en el mercado cambiario. En todo caso, se mantenía una atracción de capitales al mercado de dinero mexicano por la política monetaria del Banco de México más hawkish que había mantenido.

Y, en segundo lugar, porque esa armonía podía terminar en cualquier momento. Y así sucedió.

Incluso en estos momentos de gran turbulencia el indicador al que más atención le pone el presiente es al tipo de cambio. Confía en que habrá de regresar una cotización fuerte de la moneda mexicana.

Es precisamente ese carácter de moneda en libre flotación lo que permitirá que se amortigüen algunos de los impactos que ahora vemos en los mercados y no se traspasen a la economía.

Mucha más atención merece el mercado petrolero, porque con la mezcla mexicana en 24 dólares por barril como le sucedió el lunes, con un promedio presupuestado en 49 dólares por barril y con coberturas petroleras limitadas y exigibles en el mediano plazo, son esos ingresos los que prenden focos amarillos en el tablero de las finanzas públicas.

El presidente tiene un equipo capaz en la Secretaría de Hacienda. Sólo debe dejarlo trabajar. Para ello es necesario desprenderse de sus atavismos y dejar de creer que hay que conseguir un peso fuerte frente al dólar a cualquier costo.