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México tiene el aval del gobierno de Donald Trump para mantener un tratado comercial con Estados Unidos, la transición sexenal tiene una tersura histórica, las cuentas públicas no despiertan las inquietudes de las firmas calificadoras. En fin, el panorama interno está como para tener un ambiente de estabilidad financiera.

Pero allá afuera las cosas tienen otro color. Hay una creciente aversión al riesgo y, mientras el gobierno estadounidense le sube la temperatura a las tensiones comerciales, muchas economías emergentes pasan factura de sus respectivas debilidades. Todo esto aderezado con un mercado atento a los mejores premios que puedan ofrecer las tasas de interés en Estados Unidos.

Entonces, el peso mexicano, que ya descontó la posibilidad de un acuerdo comercial con Estados Unidos, quizá podría festinar la continuación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte si se logran arreglar estadounidenses y canadienses, ahora atiende esos síntomas de temor al riesgo.

El mundo emergente paga las consecuencias del regreso a la neutralidad de la política monetaria de Estados Unidos. Durante muchos años, los capitales volaban por el mundo buscando mejores rendimientos ante las tasas prácticamente en cero de los bonos estadounidenses.

El hambre de mejores rendimientos los hacía obviar algunos riesgos. Pero en estos tiempos en que hay mejores premios en dólares, con tasas más altas y una economía boyante, no dudan en apretar los botones correctos que los saquen de esos mercados menos seguros.

Esto es una condición genérica en los emergentes y, si vemos que muchos encadenan problemas serios, es ahí donde se puede desatar una ola que arrastre a los más débiles.

Es pronto para considerar que esto en un efecto dominó, pero ya vimos caer en menos de un mes las dos primeras piezas. La primera fue el efecto sultán, derivado de los problemas financieros de Turquía.

La indisciplina fiscal del gobierno de Recep Tayyip Erdoğan se ha complicado con los efectos económicos de la guerra comercial global desatada por Donald Trump, que alcanzó al mercado turco con los aranceles al acero y al aluminio.

En menos de una semana, el banco central turco tendrá que elevar las tasas de interés para contener la salida de capitales.

La segunda pieza en caer fue Argentina, que ahora lucha desesperadamente con un plan de choque para contener los efectos de una crisis financiera que otra vez ha devaluado su moneda. Las medidas restrictivas prometen descomponer el ambiente social argentino que suele ser de mecha corta.

Sudáfrica está en recesión y Brasil, que no ha logrado salir de sus problemas financieros, podría tomar ese peligroso camino electoral del populismo tan de moda en todo el mundo.

Todo esto México lo resiste con el escudo cambiario, que tan bien ha funcionado para estos embates. Pero esto no deja de crear cicatrices en la economía. La inflación se mantiene ligeramente fuera de cauce y el precio del dólar tiene mucho que ver en esto.

Hasta ahora, el dólar estadounidense es fuerte, que no es lo mismo a decir que el peso mexicano está en una posición de debilidad como la lira turca o el peso argentino. Pero cualquier extraño que haga la negociación comercial con Estados Unidos o algún factor interno, como un mal paquete económico para el primer año de gobierno de la siguiente administración, puede cambiarle la suerte al peso y subirlo en la ola que hoy arrastra a algunos emergentes.