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El público que sigue las noticias está tan encrespado como el resto del público, pero descarga sobre los periodistas una presión que el público en general no puede descargar sobre sus autoridades y representantes políticos.

Las redes sociales, Twitter, Facebook, blogs, e-mails, son particularmente eficaces en la tarea de exigir a quienes hacen periodismo un comportamiento de rigor y equilibrio.

Lo hacen con libertad individual y con instrumentación política. Hay voces genuinas en las redes diciendo lo que piensan, y hay redes repitiendo lo que les dicen desde su centro de operaciones.

Si algo pudimos ver en la reacción de las redes sociales a la oleada reciente de debates y entrevistas con candidatos presidenciales, fue una convencida y exigente esquizofrenia.

Ahí donde unos vieron servicios de complicidad con los entrevistados, otros vieron emboscadas.

Ahí donde individuos de distintas convicciones vieron algo con lo que no estaban de acuerdo, redes sociales instrumentadas dieron la instrucción de repetir insultos y consignas de desacuerdo.

La respuesta de los periodistas a esta presión —que no pueden ni deben saltar, pues las redes sociales, a querer o no, son la reacción más inmediata y accesible, minuto con minuto, a su desempeño profesional— es tratar de ponerse fuera del tiroteo.

La reacción instintiva es quedar a salvo de acusaciones de parcialidad o favoritismo, tratar de cumplir con las exigencias críticas de todos los bandos, lo cual produce, entre otras cosas, ese radicalismo periodístico trivial que consiste en ponerse impostadamente duro con todo mundo.

Es un propósito inútil, desde luego, pues no hay manera de zafarse ni de los críticos genuinos ni de los instrumentados de las redes sociales.

Y es un propósito que pierde de vista el único lugar donde el periodismo debería estar, que es de servir al público, tratando de hacerlo público más informado y más inteligente, no tratando de satisfacer sus prejuicios, sus filias y sus fobias políticas.

Tarea, por lo demás, imposible.

Lo cierto es que hace rato que vivimos un estado de periodistas al borde de un ataque de nervios por las críticas divergentes que encuentran en las redes sociales.

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