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Las elecciones federales del 7 de junio le han dado al gobierno de Peña Nieto un triunfo claro, pero insuficiente. La suma de sus aliados le alcanza para tener mayoría absoluta de la Cámara de Diputados: más de 251.

Esa mayoría es fundamental porque la Cámara de Diputados que viene aprobará el presupuesto federal de 2016, quizá el más adverso de los años de la democracia mexicana. Será el presupuesto del fin de la fiesta petrolera, el presupuesto de la contracción.

Poder aprobar ese presupuesto solo con el voto de sus aliados es un alivio para el gobierno, le da una posición de fuerza en un país de crecimiento lento donde la hacienda federal es prácticamente la única fuente de ingresos para gobiernos y partidos.

Pero la aprobación del presupuesto no basta para darle al gobierno de Peña Nieto el aire y la proyección que necesita. Debe además retomar la iniciativa reformista y la iniciativa política.

La primera, para restituir en la opinión pública la vigencia de su proyecto de cambios, ya inscritos en la Constitución. La segunda, para poner a circular sus candidatos a sucederlo.

Los resultados electorales del domingo pasado no alcanzan para eso. Peña Nieto necesita un relanzamiento político de su proyecto y la oferta de un nuevo equipo de gobierno, con creíbles precandidatos a la Presidencia.

El desgaste del gabinete de Peña Nieto es ostensible. Hace muchos meses que aparece ante los observadores como una debilidad más que como una fuerza. Sus dos pilares, el secretario de Hacienda y el de Gobernación, acusan los efectos de la sobreexposición y el desgaste.

El secretario de Comunicaciones ha sido devorado por el escándalo. El de Educación, por la inmovilidad. Con la excepción del secretario de Energía, que avanza en su reforma, el resto de los miembros del gabinete es discreto, tendiendo a la invisibilidad.

Creo que el segundo aire político del gobierno de Peña Nieto solo puede venir de la oferta de un gabinete nuevo.

Un gabinete fresco, activo, que a la vez gobierne y compita, y atraiga desde ahora la imaginación de los votantes.

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