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De manera impulsiva, irreflexiva, mientras conversaba con ellos para El asalto… de MILENIO Tv (emisiones de antier y ayer), a Julián LeBarón y a su tío Adrián (a quien le asesinaron una hija y cuatro nietos) les dije que confiaba en que prosperara su demanda para que el gobierno estadunidense considere a las bandas mexicanas del narcotráfico como “terroristas”. A poco de despedirnos me arrepentí. Su iniciativa, en realidad, es insensata. Así lo escribí ya y lo ratifiqué Con los de enfrente. Por comprensible que sea y aun si se aprobara su idea, el resultado sería contraproducente y afectaría a quienes nada tienen de “terroristas” (consumidores de drogas, por ejemplo, que sin proponérselo financian a homicidas). De hecho, ni caso tiene discutirla por ser virtualmente inaplicable.

Las razones, sin embargo, que empujaron a los LeBarón a buscar el apoyo del gobierno de Trump son una mezcla de impotencia, dolor y reclamo inapelables ante su convencimiento de que las instituciones mexicanas de procuración e impartición de justicia no resolverán su drama ni la tragedia que viven también decenas de miles de deudos de los asesinados por narcotraficantes, porque lo que priva es la ineficiencia, y la única certeza que tienen es que la mayor parte de los crímenes que se cometen quedan impunes, de modo que lo menos que puede cuestionárseles es su desesperado llamado porque tienen derecho a la esperanza de que termine por imponerse alguna forma de “justicia”.

Por eso es tan sorprendente, indignante y despreciable que un renombrado sacerdote, José Alejandro Solalinde Guerra, emplazara a la familia LeBarón a que diga “de qué lado está, si con México o con Estados Unidos…”.

Acomodaticio y rastrero, este lamentable “ministro de culto” parece haber hecho, con palabras de político ramplón, una indirecta solicitud de empleo como capellán de Palacio con palabras que ofenden el sentido común y traicionan los místicos votos que hizo ante su Santa Madre: “No se vale que la familia LeBarón vaya a pedir la intervención de un gobierno extranjero, cuando en México el presidente Andrés Manuel López Obrador le ha ofrecido el diálogo”.

Que “¡No se vale!”, reiteró, porque “a todas luces el gobierno de Estados Unidos quiere someter a México, porque el país está caminando hacia un nuevo modelo de desarrollo, lejos de las políticas neoliberales. México está combatiendo la corrupción y ha dicho basta a la dependencia con el país norteamericano”, sentenció (ignorante de que México está en América del Norte).

Fogueado en el tema migratorio y con aureola de buen pastor comprometido con los derechos humanos, este cura sin parroquia se revela inconmovible por víctimas de una violencia inaudita como son los LeBarón y se descara como lo que es: un activista político dispuesto a traicionar sus propios juramentos con tal de congraciarse con el terrenal Poder al que sirve de manera vil y lacayuna.