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Hoy lo esperado está entre 3.2 y 4.2 por ciento.

Mes y medio después de terminado un trimestre, esperamos lo mismo: el resultado del Producto Interno Bruto (PIB) de ese cuarto del año, el Indicador Global del a Actividad Económica (IGAE) del último mes del trimestre anterior y el nuevo recorte de la estimación del crecimiento de la Secretaría de Hacienda.

Y es que por tercer año consecutivo las previsiones oficiales de crecimiento le quedan grandes a la realidad. Cada año tiene sus propias explicaciones para la baja en las esperanzas de crecimiento. El 2013 con su curva de aprendizaje del nuevo gobierno y el freno al gasto público. El 2014 con el paquetazo fiscal que congeló a los particulares a cambio de un insuficiente gasto gubernamental y el 2015 con la baja en los precios del petróleo y el recorte presupuestal.

La patada de despeje de cada uno de los años han sido estimaciones cercanas a 4 por ciento. El primer año de gobierno acabó con un crecimiento de 1 por ciento, el segundo con 2 por ciento y para este tercero los pronósticos rondan todavía en 3 por ciento.

Ante los constantes strikes del gobierno con sus pronósticos fallidos eligió a partir de este año tener una banda ancha de estimación, tipo del Banco de México, con la gran diferencia de que para el banco central el cálculo del PIB es un simple accesorio y para Hacienda es materia prima, pero en fin.

Hoy la banda amanece entre los 3.2 y 4.2 por ciento. Pero otra vez, los financieros oficiales se han quedado en la parte más alta de las estimaciones.

El 3.7 por ciento que promedia la estimación de la Secretaría de Hacienda supera al propio Banco de México, cuyo margen de maniobra para atinarle al PIB del 2015 promedia 3 por ciento y en general en el mercado no hay nada serio más allá de 3.2 por ciento.

Nada tiene que ver el gobierno de Peña Nieto con la baja en los precios internacionales del petróleo, pero es sin duda una decisión gubernamental el mantener la dependencia de los ingresos fiscales a la renta petrolera.

Está claro que la elección del gobierno fue llevar a cabo una reforma energética y dejar para más adelante, quizá otro gobierno, hacer los cambios tributarios. Nadie contaba con el derrumbe en los precios de los energéticos.

Lo que sí es plena responsabilidad de la actual administración es haber dado un rasgo de restricción de la actividad de los agentes económicos privados para privilegiar el gasto público. Fatal combinación en los tiempos actuales.

Otro asunto crucial que explica la baja dinámica económica es haber cantado victoria con la reforma energética como la última de las reformas estructurales cuando claramente el cambio hacia un régimen de respeto al Estado de Derecho es el cambio más importante y menos perseguido en este país.

Hacienda, pues, debería cumplir hoy con el ritual trimestral de esperar a que el Inegi haga público el resultado de la medición económica mensual y trimestral para después anunciar su nueva meta de crecimiento económico.

No modificar sus parámetros actuales dejaría la estimación como un mero adorno en medio de un pesimismo que se aferra en quedarse entre nosotros.