¿Por qué Nicolás Maduro tiene que autorizar al ejército para que dispare contra una manifestación y encarcela a los opositores mientras que Fidel Castro sale de su aislamiento para ser aplaudido y alabado por un pueblo que vive en el retraso desde hace décadas?

Porque el viejo cubano sabe adaptarse gracias a esa lucidez e inteligencia que mantiene intacta, mientras que el otro es un dictador refugiado tras la imagen de un ídolo que hoy es un fantasma.

Fidel Castro Ruz pasó de la guerrilla, de doblegar a Estados Unidos, de vivir de la URSS y Venezuela, a negociar ahora con su acérrimo enemigo una normalidad diplomática. Todo sin salir manchado de lodo en su siempre pulcro uniforme verde olivo.

Quien mejor leyó la baja permanente en los precios del petróleo no fue el mercado de futuros de Chicago o los analistas de Wall Street; fue el retirado líder cubano, que entendió que su mecenas bolivariano cerraría la llave del hidrocarburo para procurar su propia supervivencia.

Desde La Habana, Fidel y su operador político y hermano carnal entendieron que el presidente demócrata de Estados Unidos fue aventado a la izquierda por una oposición radical de la derecha republicana.

Leyeron muy bien que el presidente afroamericano del Obamacare bien podría ser el inquilino de la Casa Blanca que le abriera la puerta a un régimen dictatorial que viste una piel de oveja bien ajustada.

La imagen histórica es el encuentro entre Raúl Castro y Barack Obama; lo que empieza a ser cotidiano son los vuelos directos, las conexiones en telecomunicaciones y la inminencia de poblar de turistas e inversiones estadounidenses la isla caribeña.

Y ése es el punto que más debería tenernos atentos. México no puede sino congratularse y hasta colaborar para que ambas naciones regularicen sus relaciones. Pero al mismo tiempo, debería poner toda la atención que merece esa nueva amistad.

De entrada, hay una disputa territorial pendiente donde hay algo más que agua, en el Golfo de México. El potencial petrolero de la zona limítrofe debe contar con todo el peso de los intereses mexicanos, no sólo de los dos nuevos enamorados.

El turismo caribeño tendría que ser otro foco rojo en el tablero mexicano. Porque República Dominicana o San Martín son destinos hermosos en el Caribe, pero son pequeños y de difícil acceso para un turismo estadounidense abundante de la costa este. Pero Cuba es otra cosa.

Para muchos, Varadero bien vale tolerar la dictadura cubana y más si hay permiso del gobierno de Washington. El problema es que ese turista aterrice en La Habana y no en Cancún durante sus siguientes vacaciones. Y peor aun que los mojitos, la trova y el Tropicana lo cautiven.

Otra vez, no se trata de bloquear los esfuerzos de llevar una buena vecindad con Estados Unidos, allá quien quiera tener entre sus cuates un régimen dictatorial. El punto es que hay que estar preparados para una creciente competencia y contra un jugador de grandes ligas, al menos en materia turística.

Es como dicen las abuelitas, no dormirse en los laureles. Porque los atractivos cubanos dicen que son algo hermoso.