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Hay dos independencias mexicanas, cosidas en el tiempo como parte de un mismo proceso pero muy distintas entre sí.

Una es la independencia violenta, catártica, de la rebelión de Hidalgo de 1810, y sus secuelas guerrilleras legendarias, con los curas del bajo clero a la cabeza, señaladamente José María Morelos. Es el movimiento de independencia que sacude irreversiblemente el viejo orden, que nunca volverá a ser igual, pero no lo derrota. Es la independencia que destruye pero es también la que fracasa.

La otra independencia es la de Agustín de Iturbide de 1821. Es la independencia pactista, negociada, por su mayor parte pacífica, la independencia del Plan de Ayala, en realidad un acuerdo político nacional.

El Plan de Iguala, quizá el programa político más eficaz que se haya escrito nunca en la América española. Tuvo algo que ofrecer a todos los estamentos y las razas del reino de la Nueva España. Esta fue la independencia que triunfó en los hechos, agrupando sin excluir, un movimiento cuyas bajas en “el campo de honor”, Iturbide dixit, “no llegan a ciento cincuenta individuos “

No es una paradoja menor que la historia heroica de nuestra Independencia sea para los curas insurgentes que fracasaron en su lucha y que sea un villano favorito de nuestra memoria Agustín de Iturbide, artífice del pacto que unió a la Nueva España para alcanzar su independencia.

Nuestros libros de historia patria resuelven esta contradicción diciendo que Hidalgo empezó la Independencia y Agustín de Iturbide la consumó. Desde luego hay espacio para esa lectura, pero los hechos duros dicen solo que Hidalgo y Morelos fracasaron en su rebelión, combatidos entre otros por Iturbide, y que Iturbide triunfó en su pacto indoloro de Independencia para todos los habitantes de la Nueva España, sin librar bien a bien una batalla.

El parto fue indoloro, pero no su primera historia independiente que costó medio siglo de reyertas y la pérdida de la mitad del territorio.

Al término de las gestas heroicas, frente al horizonte de discordia universal de los nuevos países, dijo salvajemente Simón Bolívar: “La independencia es el único bien que hemos conseguido a costa de todo lo demás”.