Hoy 23 de marzo se cumplen 28 años del asesinato de Luis Donaldo Colosio Murrieta. Con la muerte de Luis Donaldo Colosio, el país se vistió de luto ese 23 de marzo de 1994.

En Lomas Taurinas, Tijuana, un par de balas le habían quitado la vida al candidato de PRI a la Presidencia de la República.

Millones de mexicanos lloraban la pérdida de aquel hombre que se había ganado la confianza de hombres y mujeres que acariciaban la esperanza de una vida mejor.

El país no tenía registro de un asesinato a personaje de tal envergadura desde la muerte del general Álvaro Obregón que fue baleado mientras asistía a un banquete en su honor en el restaurant La Bombilla, en la Ciudad de México el 17 de julio de 1928. Un dibujante se le acercó para mostrarle una caricatura suya y mientras Obregón la observaba, el sujeto le disparó a quema ropa .

Al igual que Colosio, Obregón, había nacido en Sonora.

Luis Donaldo acudía a un mitin en una obstinada llamada Lomas Taurinas, en Tijuana, Baja California.

Eran las 5:15 de la tarde, hora local y una multitud emocionada se arremolinaba en torno al candidato para saludarlo, mientras en el sonido se escuchaba a todo volumen una canción llamada “la culebra”, que retumbaba los oídos y en medio de aquel estruendo, quienes rodeaban al candidato, escucharon un par de disparos de arma de fuego. Habían herido de muerte a Colosio.

Esa tarde mientras yo esperaba la llegada de Diana Laura, la esposa de Luis Donaldo, quien llegaría a las 5:30 pm, procedente de la CDMX, me tocó la llegada del candidato que venía de La Paz B.C.; a su salida del aeropuerto, se me acercó, me saludó y preguntó: “Y la flaca”?,-así le decía a Diana-, le conteste, ahí viene en unos minutos. Fue la última vez que vi y escuché al candidato.

Luis Donaldo no quería que Diana Laura fuera a esa etapa de la campaña que, había iniciado el día 21 en Mazatlán, Sinaloa, de ahí viajaría a La Paz B.C. y posteriormente volaría a Tijuana, de ahí se trasladaría a Mexicali y cerraría en Hermosillo, la capital de su estado natal.

Colosio me había pedido que convenciera a su esposa de que lo alcanzará en Hermosillo pues ella, con el padecimiento de cáncer de páncreas que padecía, no debía gastar energías, pero ella insistió en ir a Tijuana y así fue.

El avión que llevó a Diana Laura aterrizó a las 5:15, antes de la hora prevista, me acerqué a la escalerilla y me dirigí hasta su asiento; estaba con una risa infantil, se tomó un mechón de pelo y me dijo: “Momis, hoy es el día más feliz de mi vida, me acaban de entregar los resultados de los análisis y no tengo ni orzuela” y soltó una carcajada de felicidad, la abracé al tiempo que la tomé del brazo para que bajara del avión. Abajo la esperaba un reportero de Televisa para hacerle una entrevista.

Le preguntó el reportero: “Señora cuál es su impresión al visitar esta tierra? Y ella le contestó: “Hoy es un día especial que nunca olvidaré, estoy muy contenta pues la gente de aquí siempre me recibe con mucho cariño”.

Nos dirigimos al hotel para hacer tiempo, mientras se llegaba la hora de reunirnos con Luis Donaldo en un
encuentro con el magisterio.

Apenas habíamos llegado al hotel para que se refrescara cuando llegó Alberto Villaescuza, amigo y paisano del candidato que venía de Lomas Taurinas; se me acercó jadeante y le pregunté ¿Qué te pasa Beto? Y me contestó: “A Donaldo le metieron un balazo en el estómago y otro en la cabeza”. En ese momento, escuché a Diana decirme: “Momis ya vámonos deja de echar relajo·, yo estaba estupefacta, ella se acerca a Beto y le dijo: ¡qué pasa! y le contestó “A Donaldo le dieron un garrotazo y se lo
llevaron al hospital”.

Salimos corriendo por el pasillo, bajamos por las escaleras, subimos a la camioneta y ordenó al chofer “al hospital”. Llegamos en cuestión de minutos, subimos al piso del quirófano y los médicos le informaron de la crítica situación de Luis Donaldo.

Minutos más tarde recibió la noticia de que su marido había perdido la vida. Ella ingresó al quirófano y cuando salió, traía el vestido color miel que portaba, lleno de manchas de sangre.

Me abrazó, me dijo entre sollozos y gritos “esto no era así, yo me iba a ir primero… y qué le voy a decir a mi hijo!”.

Luego me pidió que pregunte cuál era el procedimiento para hacer la donación de los órganos de su marido . Ya no era posible, había transcurrido mucho tiempo desde que había fallecido.

Después de la media noche, le pasé el celular pues era una llamada del presidente Carlos Salinas de Gortari; tomó el teléfono y luego de unos minutos contestó y le especificó cómo quería que fuera el sepelio; le pidió entre otras cosas, que no se aparecieran por ahí ni José Córdova Montoya ni Manuel Camacho Solís.

Regresamos a la Ciudad de México en un avión de la Presidencia de la República, con el cuerpo inerte de Luis Donaldo Colosio Murrieta.

En el hangar presidencial esperaban el presidente Salinas y su esposa Cecilia Occelli, entre otras cinco personas.

Salimos del hangar y el cortejo tomó la avenida Hangares, luego el Viaducto Miguel Alemán hasta el Eje Lázaro Cárdenas, Avenida Hidalgo hasta el edificio del PRI donde se le rindió un homenaje al candidato asesinado.

En todo el recorrido, desde el Hangar, hasta el PRI, había gente dándole el último adiós a aquel hombre en quien habían fincado sus esperanzas.

Hoy, a 28 años de aquella tragedia , me conmueve recordar ese terrible episodio que la historia de mi México registrará para siempre.

En muchas ocasiones me tocó tener en la mano la agenda del candidato. Siempre me llamó la atención que era lo que tenía tachoneado en esos papeles y se trataba de invitaciones a visitar ranchos , sí, ranchos en Michoacán, en Colima, en Sinaloa y en Sonora; casualmente todos en el corredor del Pacífico y siempre me pregunté, ¿por qué Luis Donaldo nunca había aceptado esas invitaciones?  ¿Sería porque no quería relacionarse con ningún dueño de tales propiedades?

A la fecha sólo purga en la cárcel el único asesino confeso de Luis Donaldo Colosio: Mario Aburto.

¿Acaso nunca sabremos quién mandó matar al candidato? ¿Tampoco quién extrajo de las oficinas de Luis Donaldo documentos privados que él guardaba celosamente? Solo conocimos una carta que se hizo pública por Alfonso Durazo en la que Ernesto Zedillo le expresaba a Colosio algunas precauciones que tomará en cuenta.

¿Cuándo gozaremos de una verdadera justicia en nuestro país? ¿O seguiremos con los asesinatos y masacres sin que se conozcan los culpables y matar sea lo más barato?

¿Que reine la impunidad?

Descansa en paz, Luis Donaldo.

¡Digamos la verdad!