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Cada vez que Donald Trump se mete en un pleito interno, sobre todo con los demócratas, siempre echa por delante el comportamiento de la economía de Estados Unidos durante su administración.

Por ejemplo, su respuesta tuitera a la insolente y peligrosa expresión del actor Robert de Niro, aquella de “Fuck Trump”, fue presumirle que la economía está en su mejor momento con el empleo en máximos históricos. Claro que no dejó de aventar su propia lista de insultos a este ícono de Hollywood.

El punto es que realmente el presidente de Estados Unidos cree que él es el artífice de este despegue económico y, por lo tanto, no piensa aceptar otra cosa que un crecimiento sostenido durante todo su mandato.

Es verdad que su reforma fiscal dotó de esteroides a una economía que, también hay que decir, entraba en su fase expansiva dentro de los ciclos económicos regulares. Claro está que, como todo aditivo, ese impulso fiscal puede tener efectos secundarios en las finanzas públicas.

Vamos, no es Donald Trump el adalid del crecimiento de la economía estadounidense, como tampoco es el paladín de la paz mundial, aunque eventualmente le regalen el premio Nobel.

Si no entiende los ciclos y los contrapesos, si no dimensiona la importancia de los equilibrios entre la inflación y las tasas de crecimiento, puede empezar pronto a hacerle la vida difícil a la Reserva Federal (Fed) de Estados Unidos.

Con el incremento a la tasa interbancaria hasta niveles de 1.75 a 2 por ciento, el banco central llegó al punto de neutralidad entre el costo del dinero y su meta inflacionaria. Ésta es la tierra prometida para una autoridad monetaria, un punto de aguas tranquilas para crecer sin inflación.

Pero ¿qué ocurriría si eventualmente la Fed se viera obligada a elevar el costo del dinero aún más para contener algunas presiones en los precios?

El primero que va brincar es aquel que se cree alfa y omega del desarrollo de la economía estadounidense.

Hay muchos frentes que le pueden impactar en sus planes reeleccionistas que pasan por las decisiones monetarias.

De entrada, está el costo mismo del dinero. Las tasas de interés están en un nivel bajo que no implicará que para muchos consumidores su costo de oportunidad los lleve al ahorro antes que al gasto.

Pero para los consumidores los créditos serán cada vez más onerosos y eso sí puede postergar o moderar algunas decisiones de consumo. Porque, a pesar del excedente que implican los menores impuestos, la carga financiera puede limitar el consumo. Al final, de eso se trata una política monetaria restrictiva.

Otro de tantos frentes que puede no gustarle a Donald Trump es el de la fortaleza de su propia moneda. Una tasa de interés mayor es un llamado de cortejo primaveral a los capitales para que compren dólares y aprovechen las oportunidades de ganar buenos rendimientos con riesgos bajos.

Pero, comercialmente, un dólar fuerte corre en sentido contrario de los planes de Trump de disminuir sus déficits comerciales. Sobre todo si su guerra comercial no le da para forzar ese reequilibrio con el mundo.

No debe pasar mucho tiempo antes de que Donald Trump lance su primera queja en contra de su propio banco central.