La realidad puede incomodar, pero tiene una mala costumbre: siempre regresa. Y cuando regresa después de haber sido negada, cobra más caro
“No me ayuden compadres” o “mejor ayuda el que no estorba” son dos frases que la presidenta, Claudia Sheinbaum, debe estar repitiendo a sus colaboradores y equipos de comunicación luego de la cadena de hechos en los que “se les ha hecho bolas el engrudo”. En su afán por mantener la imagen inmaculada de la 4T, no solo construyeron narrativa: en varios casos terminaron negando la realidad… y la realidad, necia como es, terminó alcanzándolos.
Un estratega político, Xavier Domínguez, plantea una distinción interesante: en política se puede “mentir” —es decir, acomodar, encuadrar o dosificar la verdad—, pero no “engañar”, porque el engaño implica negar hechos verificables y, cuando se cae, el costo es mayor. Viendo los casos recientes, pareciera que alguien confundió una cosa con la otra.
La mujer que asoleó sus piernas en una de las ventanas de Palacio Nacional. Por días se dijo que el hecho no era cierto, que las imágenes eran producto de inteligencia artificial y que todo formaba parte de un complot de la derecha. Ante la evidencia, la propia presidenta tuvo que salir a reconocer que sí, que una funcionaria de Hacienda había decidido broncearse en pleno recinto histórico. Ahí no hubo encuadre: hubo negación. Y luego, corrección.
La presidenta intentó suavizar el asunto diciendo que no existía un reglamento que lo prohibiera y que ya se le había llamado la atención. Muchos se preguntaron por qué, si no había falta. La respuesta es más terrenal: faltó sentido común. Y, agregaría, sobró reflejo de negar primero y explicar después.
La fuga de hidrocarburo en el Golfo de México siguió un patrón similar. Durante semanas se minimizó o se negó el problema, hasta que Pemex terminó admitiendo que sí, que la fuga provenía de un oleoducto en el complejo Abkatún-Pol-Chuc. Otra vez: lo que se negó, resultó cierto.
Lo más desconcertante fue escuchar al director de la paraestatal decir que nadie le había informado. Por favor, durante dos meses el tema estuvo en la conversación pública. ¿De verdad nadie pensó en subirse a un avión y verificar? Por los hechos cesaron a tres funcionarios. A mi juicio, faltó uno: el director de Pemex.
En días recientes hubo un nuevo derrame, cerca de Puerto Progreso. Esta vez Pemex optó por admitirlo de entrada. Tal vez alguien entendió, aunque sea tarde, que es menos costoso administrar una mala noticia que negarla hasta que reviente.
El tercer caso es el accidente en la sierra de Chihuahua donde murieron dos agentes estadounidenses que, según medios de ese país, pertenecían a la CIA, tras un operativo contra laboratorios de drogas. La presidenta afirmó que no tenían información y que la estaban solicitando al gobierno estatal y a la embajada.
Aquí la duda es inevitable: si en el operativo participaron elementos del Ejército Mexicano, ¿nadie reportó la presencia de personal extranjero al alto mando? ¿De verdad la información no fluye en esa cadena? O peor aún, ¿se decidió no usarla de inmediato?
La estrategia, en este caso, fue arremeter contra el gobierno de Chihuahua. Otra vez, el reflejo: desplazar el foco antes que aclarar el hecho.
Y es aquí donde la distinción de Domínguez deja de ser teoría y se vuelve advertencia. En política, todos construyen relato, todos encuadran la realidad. Pero hay una línea —delgada, sí, pero real— entre acomodar los hechos y negarlos. Cruzarla no solo es un problema ético; es, sobre todo, un error estratégico.
Porque cada vez que se niega lo evidente, no solo se pierde una discusión: se pierde credibilidad. Y la credibilidad, a diferencia de la narrativa, no se fabrica en una conferencia ni se corrige con un comunicado.
La realidad puede incomodar, pero tiene una mala costumbre: siempre regresa. Y cuando regresa después de haber sido negada, cobra más caro.
Por eso, más que cuidar la imagen, habría que cuidar el método. Menos reflejo de negar, más responsabilidad de informar.
Porque en política, mentir —en el sentido de acomodar— puede ser parte del oficio. Pero engañar, negar lo que es, termina siendo una torpeza que se paga en público.
Y a juzgar por lo visto, el problema no es que no ayuden… es que ayudan mintiendo mal.
EN EL TINTERO
Siempre sí. Luisa María Alcalde deja Morena y se va como consejera jurídica de la Presidencia. Como decía mi mamá: ¿A dónde irá a parar la carrera Andy?
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