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Recientemente nos enteramos de que en un futuro tendremos en este país competencia entre gasolinerías y los precios de los energéticos se regirán por la oferta y la demanda y no por gasolinazos.

Si esto estuviera vigente hoy, tendríamos litros de gasolina de menos de 10 pesos y opción de llenar el tanque con empresas diferentes al monopolio de Pemex. Pero eso tiene que esperar.

Cuando los gasolineros de siempre vieron esta fantástica posibilidad para los consumidores y entendieron que su imperio monopólico podría venirse abajo, iniciaron una campaña para buscar la compasión de los automovilistas.

Sólo que a la par que se ubicaban como las víctimas de la reforma energética, conocíamos más y más casos de robo a los automovilistas al momento de despachar las gasolinas. No había manera de resultar empáticos con los empresarios que de toda la vida han sacado una ventaja arbitraria e ilegal de sus clientes.

Seguramente muchos de los grupos empresariales que explotan franquicias de Pemex habrán de optar por otras marcas y entonces serán los mismos de siempre, pero con otra camiseta. La esperanza es que las nuevas empresas que vendan gasolinas pongan reglas más estrictas para sus concesionarios.

El manejo burocrático que históricamente ha tenido Pemex ha impedido el éxito de sus planes de calidad que muchos con buenas intenciones han tratado de implantar en las estaciones de servicio.

No todos, no todo el tiempo, pero sí con los suficientes casos bien documentados como para que se convirtiera en un clamor general poder contar con un honesto y competido sistema de distribución de combustibles.

Estamos en una etapa de transición en donde se han terminado los gasolinazos mensuales, pero el gobierno todavía decreta un incremento que no se justificaría de ninguna manera por las condiciones del mercado.

El aumento que entra en vigor en enero habrá de llevar los precios de las gasolinas 60% más caros que en muchas estaciones de servicio de Estados Unidos.

Pero en el paso hacia este estadio de precios de mercado y competencia abierta, el proveedor monopólico dio la oportunidad a los diferentes grupos empresariales de hacer algunos pininos en ese desconocido terreno para ellos de la competencia.

Al establecerse un precio máximo se otorga la posibilidad de tener precios diferentes para los consumidores y de esa manera atraer clientes con unos centavos menos por litro.

La novedad es que muchos empresarios gasolineros empiezan a ponerse de acuerdo para decir todos a coro que no piensan bajarle ni un centavo a los combustibles, aunque puedan.

Si se coluden los gasolineros para evitar la baja, así sea de un centavo, en la gasolina, deberían tomar nota las autoridades de competencia y de energía para evitar que cuando haya opción de marcas pueda haber este tipo de arreglos empresariales.

No debe haber margen para que la competencia sea ficticia en un terreno tan sensible como el de los energéticos.

Si los mexicanos soportamos por cuestiones ideológicas la permanencia de los monopolios energéticos, ahora que se han roto con la reforma correspondiente hay que evitar a toda costa la simulación.