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Por desgracia en América existe desde hace ya un buen tiempo una grave confusión, al parecer provocada, que hace ver como lo mismo a las fuerzas de izquierda progresista y a los movimientos populistas nacionalistas.

Un ejemplo claro de este fenómeno es el del Partido de los Trabajadores de Brasil que llevó a un obrero metalúrgico, sindicalista y socialista de nombre Luiz Inacio Lula da Silva a la Presidencia en 2002, quien ayer de nueva cuenta logró en una cerrada votación tomar de nuevo las riendas para la izquierda brasileña.

Otro ejemplo es precisamente el de hoy gobernante Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) que en una votación histórica hizo presidente de México en 2018 a Andrés Manuel López Obrador, político formado en las etapas del nacionalismo populista del Partido Revolucionario Institucional y que ante los cambios generados en el país por la influencia del proceso de globalización mundial se sumó a la ruptura del partido casi único liderada por el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, hoy duro crítico del partido en el poder.

Si bien Lula es un legítimo representante de las izquierdas y AMLO encarna y encaja perfectamente en el modelo del político populista, ambos sin duda tienen coincidencias notables; podemos decir que comparten un carácter persistente, luchan sin descanso por alcanzar sus objetivos (ambos alcanzaron la Presidencia de sus países en tres intentos consecutivos), son políticos de un talento natural y logran conectar y generar lazos profundos con amplios sectores sociales, en especial los más desposeídos a los que les ofrecen la esperanza de una vida mejor.

Sin embargo, en su ejercicio de gobierno y discurso público mantienen grandes diferencias.

Hay ejemplos claros. Las políticas económicas y sociales de Lula como presidente y los posteriores gobiernos del PT redujeron las polaridades en la sociedad brasileña al llevar en una década a 39 millones de brasileños de la pobreza a la clase media. Por el contrario, el gobierno de AMLO ha llevado a seis millones de mexicanos de la clase media a la pobreza en los tres primeros años de su sexenio.

Lo mismo pasa en la estrategia y en el discurso que despliegan. Lula logró llegar al poder desarrollando un proceso de renovación ideológica y la generación de alianzas con sectores más moderados del espectro político y en su celebración fue claro en su voluntad y objetivo de reconciliar a polarizada sociedad brasileña para en un esfuerzo de unidad llevarla a mejorar sus niveles de bienestar.

En contraste, el discurso de López Obrador durante 12 años se basó en la polarización y agresión contra sus adversarios, el cual se endureció al llegar a la Presidencia de la República al grado de descalificar y perseguir con todo el poder de su liderazgo y su gobierno a todos los empresarios, políticos, medios, periodistas, líderes sociales, organizaciones no gubernamentales, intelectuales y académicos que no apoyan el modelo de su Cuarta transformación hasta el grado de llamarlos “traidores a la Patria”.

Hoy ambos, AMLO y Lula, tienen a su cargo países divididos. El primero va de salida y el segundo de regreso. Uno populista polarizador con fuertes inclinaciones autoritarias, el otro un hombre de izquierda que llama a la reconciliación y a reconstruir la democracia.

Veremos en qué condiciones estarán México y Brasil cuando terminen sus periodos presidenciales. Por ahora ahí están los números y la historia.