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No hay ficción sobre el narco que pueda superar argumentalmente la realidad del narco. El narco es superior a la imaginación.

Siempre hay un error en querer agregar imaginación a los hechos del narco.

Narcos, de Netflix, es quizá lo mejor que se ha filmado sobre el narco real, porque no inventa mucho y es claro que se equivoca donde inventa.

Se trata de una contradictoria hazaña de la imaginación: pegarse lo más posible a la realidad. La historia real del narcotráfico, como digo, desafía la imaginación más desbordada.

Son dos o tres mundos opuestos en principio, pero conectados en la realidad a sangre y fuego, mezclados a sangre y fuego por la complicidad, la rivalidad, las ganancias, la ambigüedad y los escenarios cambiantes que todo lo anterior va produciendo.

El narco del que hablamos como si fuera un mundo claro, ilegal, separado del nuestro, es en realidad un mundo próximo, fluido, regido por la mezcla de los intereses de un gigantesco mercado negro donde manda una lógica cambiante de amigos/enemigos y perseguidos/perseguidores.

Los amigos/enemigos, perseguidos/perseguidores de hoy son los amigos/enemigos, perseguidos/perseguidores de mañana. Esta es, creo, la gran propuesta argumental de Narcos Netflix: juegan ahí todos los jugadores del mercado informal de la droga en una lógica sangrienta de amigos/enemigos que cambia según los caprichos del propio mercado, según la historia y de la corrupción política de cada día.

Los narcos no pueden existir sin la complicidad de sus perseguidores. A mayor persecución, mayor violencia, a mayor violencia mayor complicidad, a mayor complicidad mayor mercado negro, a mayor mercado negro, mayor ganancia.

Quizá la diferencia cualitativa de la serie Narcos de Netflix, tanto en las temporadas de Colombia, como en las de México, es que los perseguidores son tan importantes en la historia como los perseguidos, y tan visibles y tan ambiguos , por momentos tan ilegales y tan violentos como ellos.