La reaparición pública de Tomás Zerón (compareció el viernes ante diputados en su carácter de secretario técnico del Consejo Nacional de Seguridad para hablar de amenazas y delitos cibernéticos) derivó en la investigación que encabezó y se tradujo en uno de los mayores éxitos policiacos en México, por descubrir los elementos que permiten conocer la esencia del caso Ayotzinapa.

Custodiando a un testaferro clave de Guerreros Unidos a la luz del día y ante decenas de testigos, realizó la diligencia que permitió preservar más de 17 mil fragmentos de cadáveres e identificar, sin el menor asomo de duda, a una de las víctimas y quizás a otra más.

Ese capítulo fue puesto en entredicho por los Expertos Independientes de la CIDH, y desató la insidia que tanto cacarean los virtuales defensores de los homicidas calumniando a Zerón como “sembrador” de pruebas.

La cuestionada verdad histórica, dijo él, “siempre ha sido mi postura y la voy a seguir manteniendo…”.

Y es que sus detractores han sido incapaces de aportar una sola verosimilitud (ya no digamos evidencia) que lo rebata.

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