Pandemia por coronavirus (Cobertura especial)

Morir un 25 de noviembre

laura garza

Laura GarzaEnfoque Manual

Una sola foto con sus rostros marcó la vida de muchos, porque los creyeron dioses y les crearon una religión a su alrededor que constaba de seguirlos fielmente hasta la victoria

Morir en veinticinco de noviembre ha de ser una concesión que se le da a personajes que se colocaron en la historia del mundo.

Hoy circulan miles de textos publicados en el mundo entero sobre la muerte de Diego Armando Maradona, “El 10”, el ”El Dios”  o aquél que nos enseñó que la pelota rodaba a un ritmo distinto cuando llegaba a sus pies.

Maradona, un hombre tan lleno de historias, con unas más sonadas que otras, pero al final con un peso en la memoria de quienes crecimos en casas donde se veía y se vivía el futbol.

En 1986 yo apenas tenía cuatro años, vivía en Monterrey y recuerdo la emoción que había en casa porque mis padres irían a los juegos en el Estadio Universitario y en el Tecnológico. A mí me dejaban en casa de mi tía Blanca para que jugara con mis primos, pero en realidad nos sentaban en el piso, justo a los pies de la cama de su recámara para ver el partido por televisión.

Conforme pasó el tiempo, el futbol también fue parte de mis deportes favoritos y de mis actividades diarias. Entonces el portar el “10” en la camiseta se volvió un objetivo fijo, siempre pensando en lo que representaba portar ese número.

Dirigir, gambetear, jugar con la pelota bien pegada en el pie y lanzar unos buenos y potentes tiros para anotarlos en la portería.

Seguramente muchos que nos tocó ser testigos de la vida futbolística, vimos más fotos que videos de aquella jugada de Argentina contra Inglaterra en el Azteca. El salto con las rodillas bien dobladas, el torso estirado con toda la intención de llegar al balón y el brazo izquierdo haciendo una especie de acto de magia, en donde subía tanto para impulsarse que al pegarla a su cabeza, ambos marcaron el gol de la Copa del Mundo.

A Diego Armando lo inmortalizó las franjas celestes del uniforme de la selección de futbol de Argentina. Ese short negro, medias blancas y la pasión por el juego y su país es lo que recordamos con detenimiento del jugador de futbol, no del hombre que años después se volvió una persona con suficientes debilidades al sexo, las drogas y el rock and roll.

Hace ya muchos años atrás, mi primer viaje con mi dinero y mis ganas de fotografiar, fue a Buenos Aires. Aún recuerdo mi sorpresa al pisar el aeropuerto y ver una tienda con todo lo que pudieras llevar de su jugador dios.

En las calles también, en los bares deportivos mientras caminaba por Palermo, y por supuesto mi chamarra blanquiazul que compré con el respectivo número que portaba él y que eventualmente porté yo en la Selección de futbol Femenil del Tec.

Eso se lo comparto, porque se me viene a la mente mi deseo infantil por encontrármelo en las calles de su país.

Las múltiples fotografías que tenemos en la mente hoy que se notificó su muerte a tan solo 60 años, son esas: él jugando, él levantando la copa, él con su país, él como el único 10.

Un par de fotos para toda la vida.

Hoy cuando se conmemora el cuarto año del fallecimiento de Fidel Castro, un hombre odiado y muy amado por seguidores de izquierda y  “endiosado” por su gente cubana.

Un hombre que lo conocí por fotos y libros de historia, y que pude estar en su funeral  para fotografiarlo a distancia y entre cánticos y llanto de mujeres, hombres y niños que vitoreaban su nombre como si lo pudieran recuperar con vida.

A Fidel Castro también lo recordamos por un par de imágenes, no tenemos un carrusel en la cabeza de los momentos más emotivos.

Al menos quienes no somos de izquierda y no crecimos bajo el fanatismo que provocó en nuestro país, pues todo el campo de recuerdos se reduce.

A Fidel lo vi en blanco y negro, con discursos bien ensamblados, con un lápiz en la mano, con un puro encendido o con su mano firme en su frente.

En la foto, el líder cubano Fidel Castro. Foto: Especial

 

 

Cual siempre guerrillero, también le dio a la historia ese traje de combate. Su uniforme de Comandante en Jefe, ese de color verde olivo con su estrella dorada al frente.

Aunque también se nos vengan a la mente esas imágenes de un hombre de barba con muchos más años, cansancio y enfermedades, con sus pants y chamarras de marcas como Adidas, Fila o Puma.

Los dos fotografiados hasta la muerte, porque todo lo que hicieron marcó a sus países y a una corriente ideológica que movía a millones de seguidores en todo el planeta. Su paso en el tiempo también se marca en que ambos fueron fotografiados de inicio en blanco y negro, hasta el color.

En la foto, Diego Armando Maradona. Foto: Especial

 

Una sola foto con sus rostros marcó la vida de muchos, porque los creyeron dioses y les crearon una religión a su alrededor que constaba de seguirlos fielmente hasta la victoria.

En una de las últimas declaraciones que rescato de Castro, dijo:

Ningún peligro es mayor que los relacionados con la edad y una salud de la cual abusé en los tiempos azarosos que me correspondió vivir”.

Esos mismos abusos acabaron con Diego Armando Maradona, quien hoy en la misma fecha de su amigo y admirado Fidel Castro, ha fallecido.

Pareciera que conforme el tiempo pasa, las fotografías tomadas serán las que nos agiten la memoria y serán pocas las que podamos describir, porque el recuerdo también falla.

Desconozco si haya sido el mismo dios el que le prestó la mano a Maradona y el que le hizo creerse omnipresente y todopoderoso a Fidel, pero al final, hoy los dos descansan ya.

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