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La democracia mexicana va muy rápido en su cambio de piel. Quema a paso redoblado sus referentes básicos, adelgaza sus partidos claves, diluye sus identidades ideológicas. Anda en busca de otra forma.

No ha traído, ni remotamente, lo mucho que se esperaba de ella. Ha traído, en cambio, una desazón y una incredulidad contra ella misma que parece haber borrado sus logros. Empezando por los logros de sus actores centrales: partidos y gobiernos.

Los gobiernos han sido mediocres en sus resultados y contundentes en sus errores. Los partidos, también. Se quedaron hace unos años con el tablero electoral completo y, en vez de institucionalizar y multiplicar sus ventajas, abusaron de ellas, hasta perder la confianza de los electores.

Echaron por la borda su capital mayor que era la adhesión fiel de los votantes, el famoso “voto duro”, y le abrieron el espacio a un hijo inconforme, desafiante de sus malas prácticas. Tanto, que este hijo inesperado, brotado de sus propias reglas, está a punto de barrerlos.

Hablo, desde luego, de Morena, un hijo nacido en el seno de la partidocracia —sus reglas, sus facilidades, sus dineros— que está en camino de acabar con ella o de dejarla irreconocible. Al extremo siguiente: la democracia mexicana, construida bajo el instinto central de impedir las mayorías predemocráticas del PRI, está a punto de darle una de esas mayorías a Morena, pero ahora por la vía democrática.

La pregunta clave es a quién le está dando estos poderes, poderes de antes, la ciudadanía mexicana de ahora. Sabemos qué es el PRI, qué es el PAN, que es el PRD, y también qué son los otros partidos de la exhausta partidocracia mexicana.

Conocemos bien al líder de Morena, López Obrador, pero creo que no sabemos ni siquiera aproximadamente, qué es Morena. Al menos yo no lo sé. Tengo algunas impresiones y puedo registrar algunos hechos. Es lo que haré esta semana tratando de poner en blanco y negro lo que entiendo de este nuevo actor dominante de la partidocracia mexicana.

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