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Cada vez que puede, el presidente Andrés Manuel López Obrador repite la misma frase modificada: “Bendito México, tan cerca de Dios y no tan lejos de Estados Unidos”.

Lo dijo en la reunión virtual que sostuvo el primero de marzo con el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, y la repitió este pasado viernes en el encuentro a distancia que tuvo con la vicepresidenta, Kamala Harris.

Esta ocurrencia, que busca ser empática, debe también entenderse como un límite ante cualquier intento de actuar en sentido contrario a lo que marcan las leyes y los principios de una nación democrática.

Hay algunos que están totalmente lejos de Dios y muy distantes de Estados Unidos, regímenes como los de Venezuela o Nicaragua siguen pudriendo a sus países ante la indiferencia mundial.

Todo el mundo ve la clase de caricatura del dictador que es Nicolás Maduro en Venezuela. Sin embargo, desde el inicio de la descomposición democrática en tiempos de Hugo Chávez, los venezolanos se quedaron solos.

Nicaragua padece una suerte similar. Daniel Ortega llegó al poder en el 2007 y no se quiere ir. Ante los ojos de todos, la Asamblea Nacional, que por supuesto controla Ortega, acaba de aprobar una reforma a la Ley Electoral. Anuló la observación electoral, inhabilitó a los candidatos que aplaudan las sanciones internacionales en contra de su régimen y limitó el financiamiento electoral a sus opositores, porque salen muy caras las elecciones. También, nombró nuevos jueces electorales que son totalmente afines a su causa de reelegirse en los próximos comicios de noviembre.

Ese dictador ha pisoteado todas las instituciones nicaragüenses y todas las libertades de su población y no hay nadie que le ponga un alto a tal abuso. Tanto así, que su vecino centroamericano, El Salvador, con Nayib Bukele ya emprendió el mismo camino dictatorial con apenas una tímida queja en Twitter del gobierno de Estados Unidos.

Concentrar el poder, eliminar los organismos constitucionales autónomos, bloquear los intereses de las empresas privadas, usar al Congreso como instrumento personal, querer cambiar las leyes electorales a su conveniencia, poner jueces a modo y buscar la permanencia en el cargo más allá de lo que dicen las leyes. En fin, nada de esto que ha sucedido en las dictaduras latinoamericanas hoy nos es tan distante.

Pero hay algo que tiene México que no tienen los demás: 3,000 kilómetros de frontera con Estados Unidos. Eso no es estar lejos de Estados Unidos, eso es estar pegados a Estados Unidos.

Ese debe ser un límite para los alcances de la 4T. Porque está claro que la reacción de Washington no podría ser la misma hacia Nicaragua que hacía su principal socio comercial y principal expulsor de migrantes hacia su territorio.

Venezuela y Nicaragua están lejos de Estados Unidos. La migración existe, pero es más complicada. El comercio bilateral entre México y Estados Unidos fue en marzo pasado de 57,000 millones de dólares, todo el Producto Interno Bruto de Venezuela es de 53,000 millones de dólares.

Sí, que cada uno decida si le agradece a Dios o no. Pero es un hecho, Estados Unidos no está nada lejos de poner atención a lo que sucede en México.