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¿Quién no recuerda aquel penoso saludo entre el primer ministro canadiense y los presidentes de México y Estados Unidos?

Tres hombres frente a las cámaras enredando sus manos en un fallido apretón para mostrar unidad.

Fue en la cumbre de Líderes de Norteamérica en el 2016 y el que pagó más platos rotos fue el presidente mexicano Enrique Peña Nieto, cuando Justin Trudeau y Barack Obama bajaron primero del templete.

Ya quisiera Peña Nieto tener la centésima parte de la tolerancia que la sociedad le tiene al presidente electo Andrés Manuel López Obrador y su equipo. Pero ya quisieran los que llegan tener hoy un acercamiento a ese nivel con los otros dos líderes norteamericanos.

No hay duda de que la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos fue disruptiva para la región. Desde un principio buscó distancia de sus dos socios comerciales y buscó romper el bloque que habían formado sus vecinos del norte y del sur.

El primer paso de la estrategia fue marcar una diferencia. Dejar claro a canadienses y mexicanos que no eran iguales. Su discurso racista y clasista marginó sobre todo a México, pero también a Canadá, país al que Trump ve por debajo del hombro.

Cuando el Tratado de Libre Comercio de América del Norte entró en una forzada revisión, México y Canadá prometieron de facto hacer un frente común para defender sus intereses. Así se mantuvieron durante todo el tiempo que Donald Trump lo permitió.

Pero si algo tiene el presidente de Estados Unidos es una enorme habilidad para negociar a través de doblegar a sus contrapartes. Así que, cuando llegó el momento, rompió esa unidad de los otros dos socios para sacar ventaja.

Con la urgencia mexicana de concretar un acuerdo con su principal socio económico, el gobierno estadounidense le cerró la puerta en las narices a los canadienses, concretó un acuerdo con México y le ofreció a los del norte sumarse con esas condiciones como última alternativa.

A pesar de que al final prevaleció un acuerdo entre los tres, que no quede duda que el gran ganador es Donald Trump con su United States-Mexico-Canada Agreement. El orden de aparición de los participantes, la falta del concepto de libre comercio e incluso la falta de una traducción adecuada son parte del triunfo del republicano. Además de todas las cláusulas que logró modificar.

Canadá lo negaba, pero hoy queda claro que su gobierno tiene algún resentimiento hacia la posición asumida por México de encerrarse a conseguir algo para la causa mexicana y relegar a los canadienses.

La imposición de aranceles al acero por parte del gobierno de Ottawa, de los que excluye a Estados Unidos, pero deja a México es una demostración en metálico de su decepción y alejamiento.

En la Secretaría de Economía tendrán que suspender el empacado de maletas para usar estos pocos días que les quedan para aplicar represalias comerciales a los canadienses, algo nunca antes visto y lejanamente imaginado.

Es cierto que Donald Trump ha propiciado un caos mundial en materia comercial, pero más que un arancel de 25% a productos mexicanos, como alambrón y varilla corrugada, lo que hay es un mensaje de discriminación contra un socio estratégico. Eso es lo que hoy pesa más.

Mientras tanto, el presidente republicano debe estar con los pies sobre su escritorio en el Despacho Oval regocijándose de cómo logró, no sólo partir el bloque norteamericano, sino tener a los dos vecinos comiendo de su mano y enfrentados.