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Durante la crisis sub prime del 2008 en Estados Unidos, uno de los puntos de inflexión que potenciaron esa crisis hasta convertirla en una de las más importantes en la historia, fue la quiebra del banco de inversión Lehman Brothers el 15 de septiembre de ese año.

Cuando el mercado vio que era posible que una institución de esa tradición, fue fundada en 1850, y de ese tamaño podría quebrar, se desató el pánico. Fue hasta entonces que el gobierno estadounidense se dio cuenta que había empresas que eran demasiado grandes para dejarlas quebrar, too big to fail.

Fue cuando los grandes bancos, pero también grandes empresas, como armadoras de automóviles, recibieron miles de millones de dólares de respaldo para evitar sus quiebras. Porque con ellas se iba el resto de la economía estadounidense.

Es muy difícil saber si haber evitado la quiebra de Lehman Brothers hubiera evitado una crisis de ese tamaño o si ese salvamento habría evitado que el sistema financiero aprendiera su lección.

Lo curioso es que Estados Unidos tenía clara esa filosofía de lo conveniente de ayudar a otros países o bien dejarlos a su suerte. Buena parte de ese aprendizaje lo tuvo el mundo con la situación de Alemania tras la Primera Guerra Mundial y su monumental crisis económico-financiera que acabó por incubar al nacional socialismo.

En América Latina, que es un barrio cercano a los intereses de Washington, han visto como quiebran países del tamaño de Argentina o Venezuela, y los dejan. Pero hay una nación que es muy cercana para dejarla quebrar. Y ese país es México. Su vecino del sur es, además de muy grande, too close to fail.

Casi 3,200 kilómetros de frontera, 13 millones de mexicanos que viven allá, más de 35 millones con origen mexicano, 500,000 estadounidenses que viven acá, socios comerciales con cadenas de producción interdependientes. En fin, narcotráfico, energía, turismo. Indivisibles.

De hecho, en la crisis mexicana de 1994-1995 el gobierno de Estados Unidos tuvo que asumir el papel de rescatador de la economía del vecino del sur, no por altruismo, sino porque era un asunto de seguridad nacional. Una quiebra entonces de México arrastraba inevitablemente a Estados Unidos, empezando por la migración.

Los dos países tienen sus estilos de gobernar, se deben tolerar por el respeto a la soberanía. Se respetan hasta que no afecten los intereses y la seguridad del norte.

Lo cierto es que México se dejó imponer medidas migratorias abusivas por parte del gobierno populista de Donald Trump y de ello tendrá que dar cuenta algún día la 4T.

Pero está claro que la actual administración de Joe Biden no permitirá tan fácilmente que el gobierno mexicano de Andrés Manuel López Obrador atente contra los intereses empresariales estadounidenses, ni contra la agenda de cambio climático, ni en cualquier otra materia que pueda constituir una amenaza para su país.

Tampoco estará en el desinterés estadounidense que México se pudiera hundir en una crisis económica profunda, derivada de las malas prácticas populistas. Por una razón muy sencilla, este país está en su frontera sur y es muy grande y muy cercano para quebrar.