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Y cuando despertó, el dinosaurio era él. Con esta paráfrasis del afamado, breve y a la vez grandioso cuento de Augusto Monterroso, se me ocurre resumir el hecho de que José Antonio Meade sea el aspirante designado, no sé bien si por Enrique Peña Nieto, Luis Videgaray Caso, o ambos a la vez, para fungir como candidato a la Presidencia de la República por parte del Partido Revolucionario Institucional, organización política cuya militancia, estoy seguro, no lo eligió para representarlo.

Lo que sucedió es que en busca de una cara decente que presentarle a la sociedad para seguir gozando de la impunidad que los caracteriza, la nomenclatura, los que realmente mandan en el PRI, la parte corrupta, depredadora de la sociedad, que sobrevive en la decrépita estructura de lo que alguna vez se llamó el “Partidazo”, no tuvo ningún decoro, para que un extraño al partido sea el emisario de su mensaje de siempre, esta vez con el disfraz de un cumplido e impoluto tecnócrata que hasta va a misa los domingos acompañado de una hermosa y ejemplar familia. (Su principal promotor lo comparó, nada más, ni nada menos que con don Plutarco Elías Calles, el político y militar que combatió a los cristeros y fundó el Partido Nacional Revolucionario -PNR-, el primer semblante que tuvo el PRI, hoy repudiado por 87.1 por ciento de los ciudadanos de la Ciudad de México, según la encuesta de Consulta Mitofsky publicada en El Economista).

El que redacta lo que usted lee no tiene por qué dudar de la honestidad del señor José Antonio Meade Kuribreña, un ameritado tecnócrata con cara de gente decente al que en el lapso de unos cuantos meses los profesores de mañas priistas deberán convertir en un carismático y decoroso personaje —una máscara que de manera inexorable llevará la marca indeleble PRI— de forma tal que si llegase —pretérito imperfecto— a Los Pinos, obligadamente llegaría —condicional— contagiado de la fiebre de la corrupción que sus maestros habrán inoculado en él para que permita que ellos sigan medrando a costa del erario y, por supuesto, poniendo a su alcance, la tentación del gusto que da el poder: el halago, la ofrenda, la dádiva, la genuflexión, la rebanada grande del pastel nacional de mil sabores y todos los colores, los negocios a la sombra del poder, el cumplimiento del más mínimo de los deseos suyos o de su familia, el disfrute de la preponderancia económica, el guarurage y la servidumbre para toda la familia —hasta el tercer grado, mínimo— y sobre todo, la creencia de su infalibilidad.

Un periódico cabeceó ayer: “Meade: aprende rápido”, y basta leer y escuchar las expresiones del aprendiz de candidato para captar que su primera gira por los sectores del partido del que nunca se había declarado ni siquiera simpatizante, le bastó para, además de agarrarle gusto a la liturgia tricolor, comenzar a ensayar un lenguaje con ese matiz un tanto cuanto contradictorio que caracteriza el habla revolucionaria e institucional: “Soy una persona de valores, de familia, de convicciones —¿por eso será apartidista?— que no guarda cadáveres en el clóset ni en ningún otro lado”. Manifestó no ver fracturas internas ni rompimientos entre la militancia. Más bien los jerarcas se han encargado de que éstas no se manifiesten. Considera que su candidatura es una apertura del partido hacia la sociedad. Por ahí se calificó como gladiador y se le vio dado a la bravata cuando al preguntarle sobre las diferencias que encuentra en el Frente Ciudadano por México y Andrés Manuel López Obrador los puso en el mismo anaquel: “En el caso de ambos lo que hay es hambre de poder y no ganas de transformar”.

A los priistas de abolengo como Manlio Fabio Beltrones, no les quedó otra que darle su apoyo al “anónimo simpatizante” de su partido. El político sonorense destacó los valores que caracterizan al precandidato —nótese el prefijo pre— del PRI. Otros fueron más entusiastas, como el senador Emilio Gamboa, para quien en su opinión la candidatura de Meade puso a temblar al Frente, y “nervioso” a López Obrador. El millonario líder de la Federación de Sindicatos de Trabajadores al Servicio del Estado (FSTSE), Joel Ayala, mostró que tiene una bisagra entre la espalda y la pelvis al expresar: “Nosotros hicimos el compromiso de acompañarlo. Somos soldados del PRI y vamos a llevar su mensaje”.

En otro orden de opiniones, el economista de la UNAM, Rolando Cordera, considera que a “Meade lo designó el Presidente porque lo ve como una carta que puede ganar, no lo designaron para perder”. Para José Antonio Crespo, investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), editorialista en la prensa y en la radio, “habrá gente que pueda aceptar más fácil votar por el PRI con Meade que con un priista”.

Finalmente será obligación de los ciudadanos demostrar voluntad, civismo y amor por nuestro país, para despojados de miedo, abulia y prejuicios, acudamos a votar por quien consideremos la mejor opción para México.