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Las tasas de interés seguirán subiendo el resto del año, la guerra comercial de Donald Trump desacelera el crecimiento mundial, los mercados emergentes están en crisis.

La inflación interna se mantiene presionada porque los combustibles siguen subiendo, el dólar está de regreso a los 20 pesos, ya se registró el primer trimestre de crecimiento negativo en muchos años, una desaceleración puede provocar baja en el número de empleos.

¿Con este escenario se anima como consumidor a mejorar su confianza?

Bueno, el grito eufórico de los encuestados de manera conjunta por el Banco de México y el INEGI fue que sí. Que están confiados como nunca antes en esta década y ven un futuro brillante para su condición de consumidores mexicanos.

Está claro que en muchas de las decisiones económicas que tomamos como ciudadanos intervienen las emociones. Los resultados electorales ya metieron su cuchara en la confianza de los consumidores.

El disparo en el Índice de Confianza del Consumidor (ICC) durante julio pasado fue como un cohete a la luna y durante agosto pasado se moderó un poco esa euforia. Todo en medio del triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador. Si alguien quiere regatear el resultado electoral como motivo de euforia entre muchos consumidores, quizá pudieran darle algún peso a que durante julio se veía un optimismo moderado respecto a la relación con Estados Unidos y a una transición política ordenada.

Con todo y la moderación que mostró el ICC durante agosto pasado, todos los componentes de este marcador muestran más emoción que razón entre los que están dispuestos a gastar sus recursos en el mercado.

Repentinamente, con el resultado electoral la situación económica presente del hogar y del país mejoró como por arte de magia ante los ojos de muchos. Cambió la perspectiva que se vendía de un país en ruinas, al país de la esperanza.

Lo que mejor deja ver la euforia, con todo y su reflexión más pausada de agosto, es que los consumidores esperan el milagro mexicano para el próximo año. Pareció que 53% de votos de López Obrador era el porcentaje de aumento a los salarios. Ante la pregunta sobre la situación futura de la economía, de aquí a un año, los generosos encuestados le añadieron 49.8 puntos porcentuales más al optimismo económico nacional.

De paso, los consumidores más contentos volvieron a revisar sus carteras y se dieron cuenta de que sí tienen hoy posibilidades de comprar algún bien duradero, como una lavadora o una pantalla. Algo que apenas en Semana Santa dudaban.

Si atendemos a los niveles promedio de incrementos salariales, a la inflación o a los niveles de desempleo, no hay una contratación masiva o un aumento sustancial de los ingresos sobre los precios, lo que hay es más confianza. Y eso es muy bueno para una economía.

El riesgo está en sobredimensionar los alcances del siguiente gobierno. Ciertamente, si algo ha generado López Obrador son expectativas. Pero la terca realidad no siempre está de acuerdo con los planes de los políticos.

Consumidores más confiados, eufóricos, que realmente no han recibido incentivos materiales para ello, son un gran activo político para los que llegan y que deben saber aprovechar para que tanto ánimo no se revierta.