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Con base en los datos de encuestas que presenté la semana pasada, estamos ante una elección que combina la dimensión plebiscitaria con la ideológica. En la decisión del ciudadano pesa el juicio sobre el gobierno actual, pero también la importancia que, según su percepción, los candidatos conceden al combate a la pobreza.

Sin embargo, la verdad es que las referencias de las encuestas son, en sí mismas, insuficientes para entender la fuerza del llamado a la “ruptura” en este proceso.

Para aventurar una respuesta necesariamente tendríamos que partir de la conexión que Andrés Manuel López Obrador ha logrado con casi la mitad de los votantes potenciales.

No tengo duda de que el malestar social juega un papel relevante. No veo nada patológico en ello, sin embargo, detrás de ese sentir hay razones de peso que debemos considerar.

La corrupción está en el centro del debate electoral, pero creo que solo es la manifestación de un asunto más profundo: la desigualdad. Y no me refiero exclusivamente a la de índole económico, sino a la que en forma más genérica podemos llamar desigualdad de poder.

Al voto antisistema lo anima el hartazgo hacia una sociedad marcada por privilegios y por el abuso que de ellos se deriva. Juega el enojo que produce el choque entre funcionarios que se enriquecen al amparo del poder y ciudadanos cansados de dar mordidas para que el aparato de gobierno les responda. Pero también importa el contraste entre la opulencia y la miseria; la impunidad y el desigual acceso a la justicia; la prepotencia de unos y la indefensión de otros, como lo hemos visto en la indignación que han producido todos los escándalos de los lords y las ladies.

En parte, este rechazo se debe a que las desigualdades se han acentuado, y a ello se suma el hecho de que todo se ha vuelto más visible gracias a las redes sociales.

Al final, lo que permea es un rechazo a todos estos abusos y un deseo de demoler los privilegios. Y es posible que de la fuerza de este rechazo penda el resultado de la próxima elección.