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En contraste con los azules que se caen de morados —dijera el poeta Pellicer— de las jacarandas que existen para el goce de la vista de los capitalinos en primavera, se encuentran en parques jardines y calles de nuestra ciudad cientos de palmeras muertas a consecuencia de hongos y bacterias, mismos que ocasionaron la muerte de aquella que le diera nombre a la Glorieta de la Palma, que durante un siglo permaneció en el Paseo de la Reforma entre las calles Río Rin y Niza. No hablaré aquí del malogrado ahuehuete que la sustituyó porque sería tanto como propalar la suspicacia de que ese pedazo de tierra es refractario a los árboles o, lo que es peor, que la jefa de Gobierno de la capital, tiene mala mano para las plantas; lo que sería terrible para las plantas de electricidad que le dan movilidad al Metro.

Bromas aparte, expertos investigadores del tema forestal como los doctores Dionicio Alvarado Rosales, Carlos Fredy Ortiz García y Héctor Benavides Mesa, mismos que examinaron la icónica palmera de la glorieta, diagnosticaron su muerte y recomendaron su retiro, han advertido el peligro que significan las palmeras muertas que alcanzan gran altura y que tienen un amplio grosor que podrían poner en peligro a la ciudadanía.

En los pasados días de la llamada Semana Mayor —no sé por qué le dicen mayor si dura siete días como las demás— cuando se pueden recorrer las calles capitalinas con mayor tranquilidad pudiendo percatarse de cosas de las que por lo general, dado la velocidad con la que vivimos, no nos damos cuenta, percibí la gran cantidad de palmeras muertas o agonizantes que abundan en la ciudad, me atrevo a decir que por cada palmera en buenas condiciones hay cuando menos otra, y me quedo corto, ya difunta o a punto de entrar en las postrimerías de su vida.

Una disgregación, según Penni Redford, gerente del cambio climático de la ciudad de West Palm Beach, Florida: “Las palmeras no atrapan ni retienen el dióxido de carbono atmosférico al mismo ritmo, ni en la misma cantidad, que los árboles; igualmente no brindan sombra, no refrescan las calles y aceras para ayudar a contrarrestar el efecto de isla de calor urbano que ofrece la cobertura arbórea”.

Especialistas en botánica, ecología vegetal y silvicultura, no creen que las palmeras tengan calidad de árboles, las definen como pastos grandes o arbustos. La doctora Kristine Crous, profesora titular de la universidad de Western Sidney, ha explicado que las palmeras no producen madera, razón por la cual son menos efectivas en la retención del carbono atmosférico.

Regreso al tema para advertir que no podemos pasar por alto el peligro que entraña que una palmera muerta se tronche debido a la pudrición rosa —así denominan los expertos al mal que las ataca— y caiga en una calle llevándose en su caída cables, construcciones y vehículos, por no hablar de seres humanos.

Se necesitarán grúas, cálculos matemáticos, sierras eléctricas, el cierre de calles y avenidas, el auxilio técnico y humano y una logística adecuada para organizar la extracción y retirar de su lugar a las hoy occisas palmeras. También habría que ver qué hacer con la cuantiosa materia muerta, tal vez a partir de ella, al fin vegetal, se pueda fabricar celulosa: materia prima del papel, de los tejidos de fibras naturales, del celuloide, de la seda artificial y de barnices; también se utiliza como aislamiento térmico y acústico. A través de la celulosa vegetal se podría diseñar e implementar sistemas para el tratamiento de agua. (Wikipedia, dixit)

Ojalá las autoridades correspondientes se hagan cargo de retirar las palmeras muertas que además de peligrosas con sus penachos marchitos afean el, de por si deteriorado, paisaje urbano.

Punto final

Mi esposa y yo no salimos de vacaciones. No pudimos ponernos de acuerdo. Yo quería ir a Cancún, ella quería ir conmigo.