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Ante la participación de la sociedad en el rescate y reconstrucción por los terremotos de septiembre, la pregunta es inevitable: ¿esa energía se traducirá en un movimiento político? La comparación automática suele ser 1985, pero la situación de entonces era muy distinta. De entrada, había un partido hegemónico que controlaba al gobierno federal y a todos los estatales. El priismo atraía todo el enojo social. Ahora hay un sistema pluripartidista consolidado. La molestia que brota, y que se agravará en las próximas semanas, se reparte entre gobiernos de distintos partidos. Hace 32 años la movilización social coincidió con el quiebre del monolito priista y el surgimiento de una oposición encabezada por un líder icónico: Cuauhtémoc Cárdenas. Las organizaciones sociales emanadas del sismo y las que luego derivaron de las protestas estudiantiles y del rechazo al plan de choque antiinflacionario, encontraron en Cárdenas un vínculo natural. Hoy, no hay a la vista un liderazgo con esas características. Antes, el Estado era omnipresente; sus tentáculos alcanzaban al empresariado, a los sindicatos y a los medios. Sin embargo, su economía estaba en crisis. Ahora las finanzas públicas están sanas y el Estado tiene herramientas presupuestales para hacer frente, al menos en parte, a la desgracia. Aún es prematuro medir el enojo y la efectividad de la respuesta gubernamental. Además, falta ver cómo se organizarán los grupos de ciudadanos que se movilizaron tras los sismos. Tal vez alguien ajeno a los partidos podría construir, a partir del enojo, una candidatura sobre esas mismas redes ciudadanas. Sin embargo, en este momento, esa persona no se distingue en el panorama político. Esto no descarta un castigo en las urnas contra quienes la sociedad identifique como responsables, tanto de la tragedia como de la mala respuesta de los gobiernos. No advierto, sin embargo, a un destinatario único del enojo ni a un liderazgo que pueda captar toda esa energía social para transformarla en fuerza electoral. Y ese es el punto que marcará la diferencia entre 1985 y 2017.