Minuto a Minuto

Nacional Industria química reclama energía pese a tener un 30 % de capacidad ociosa
La industria química tiene ocioso el 30 % de su capacidad y pidió garantizar el suministro de gas, electricidad y materias primas a precios competitivos
Nacional Juan Villoro destaca la importancia de “la crítica justa” al recibir Premio Carlos Fuentes
Juan Villoro destacó que América Latina sea una excepción ante el avance de la ultraderecha, aunque advirtió que aún falta mucho por hacer
Entretenimiento Jesse Huerta anuncia primer álbum solista tras salida temporal de Jesse y Joy
Huerta anunció un acuerdo de distribución global con Virgin Records para su etapa como solista, cuya música lanzará bajo su sello Nebulosa Records
Deportes Caso Balogun: FIFA prepara defensa tras polémica por llamada de Trump
Según fuentes próximas al Consejo de la FIFA, el organismo trata de modificar la redacción del artículo 27 del Código Disciplinario
Nacional Trabajadores del IMSS exigen conteo a la vista y transparencia en consulta salarial
La consulta nacional somete a consideración un incremento global de 6.8 %: 2.9 % directo al salario tabular y 3.9 % en prestaciones

Conforme pasan los meses y se acerca la fecha del primer año de gobierno de López Obrador, va haciéndose patente que en realidad tenemos dos gobiernos: el que sucede en el ámbito simbólico, en el espacio del discurso del Presidente, y el que sucede en la realidad, en el ámbito del rendimiento de sus políticas públicas.

Hay el gobierno de las palabras y de los símbolos y hay el de las cifras y de los hechos. El primero es potente y en muchos sentidos hace olvidar al segundo.

La semana que pasó, a partir de la ceremonia de el Grito, fenómeno rarísimo, peculiar de México, en el cual un presidente grita desde un balcón de palacio que el país es independiente, López Obrador nos ofreció una muestra del poder de su gobierno simbólico.

Su “Grito” le devolvió a la ceremonia algo del calor y del entusiasmo que ostensiblemente había perdido, y mostró una vez más el olfato presidencial para llegar con gestos precisos y mensajes claros a las emociones no solo de sus seguidores sino de un sector más amplio de la ciudadanía.

Lo prueba el hecho de que hasta algunos de sus críticos más persistentes celebraron algún aspecto de el Grito y muchos lo aprobaron sin reticencia, aun con entusiasmo.

Algo parecido ha sucedido con otros aciertos simbólicos, bien percibidos por el nuevo mandatario. Pienso en las ceremonias indígenas de su toma de posesión, en su decisión de abrir Los Pinos como quien abre el palacio de Versalles, en su decisión de suspender las pensiones para los presidentes, de rechazar el uso del avión presidencial, de hablar todos los días y de hacer giras cada semana ofreciendo la imagen de un presidente que da la cara y anda entre la gente, cerca de ella, entendiendo y compartiendo sus necesidades y sus anhelos.

Ese es el gobierno de los símbolos de López Obrador que sostiene la credibilidad del gobierno de sus hechos, cuyas cuentas son malas en lo fundamental, lo mismo si hablamos de la economía que si hablamos de la seguridad, del combate a la pobreza o incluso de la corrupción.

No es lo que digo yo, es lo que dicen las cifras duras y las encuestas recientes.