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Según una encuesta realizada el año pasado por Consulta Mitofsky, sobre la confianza que los mexicanos les tenemos a las instituciones y a los funcionarios públicos, aparecen en el segundo lugar del Top Ten de impopularidad, es decir, con los niveles más bajos de confianza, los diputados, con una calificación de 5.2 sobre 10. El liderato fue para los partidos políticos, con una evaluación de 4.9. En este marcador al revés, que en inglés se podría llamar Bottom Ten, los diputados son subcampeones. Muy cerca de ellos, en el tercer lugar, están empatados, con 5.3, los senadores y los policías. (Propongo que para que éstos desempaten se vayan a los penales).

No creo que la tabla de posiciones haya variado en este 2016. Por la misma época, es decir, también en el 2015, la LXIII Legislatura realizó —tengo frente a mí una copia del documento— una encuesta telefónica nacional de opinión pública sobre Representación Política y Participación Electoral que arrojó los siguientes resultados: “Tres de cada cuatro habitantes (¿por qué no escribieron mexicanos?) consideran que a los partidos políticos, a los diputados federales y a los senadores les (¿por qué no usaron el pronombre personal nos?) interesa poco o nada lo que piensa la gente; además, un porcentaje significativo de ciudadanos se siente mínimamente identificado con sus representantes de elección popular. (¿Qué tan bajo será el porcentaje, que tuvieron que recurrir al eufemismo “significativo”?).

Recientemente, el pasado 17 del mes que hoy termina, durante la contingencia ambiental, los diputados del PRI, encabezados por su coordinador, el licenciado César Camacho, dejaron sus camionetas y autos en casa para trasladarse a San Lázaro mediante el Sistema de Transporte Colectivo Metro. Por supuesto que convocaron a los medios de comunicación para que testificaran y dieran a conocer el viaje legislativo para —¿en serio creen que les creemos?— mandar a la ciudadanía un mensaje de responsabilidad social contra la contaminación.

A pesar del fuerte calor que se siente en el Metro, el licenciado Camacho ha de haber sentido frío al darse cuenta de lo peligroso que puede resultar salirse de la burbuja en la que los políticos habitan para percibir en vivo y en directo lo que piensa el pueblo de verdad y enfrentarse a él. Según leo en el diario El Sol de Nayarit, un hombre que se encontraba sentado se dirigió al mexiquense: “Ojalá que todos los días usted utilice el Metro, señor diputado de la Cámara, para que se dé baños de verdadero pueblo, para que tengamos mejores condiciones”.

Según la nota, el jerarca priista volteó para ver al inconforme y éste se levantó de su asiento y continúo con su reclamo: “Señor César, ojalá usted y todo su séquito de colaboradores utilicen diario el Metro en horas pico, no en estas horas, porque hay horas pico (en) que no cabemos. Ojalá que usted y todos sus colaboradores utilicen el Metro de adeveras (sic), no nada más para que usted se dé baños de pueblo en este tipo de necesidades, porque es una burla para el pueblo, yo me siento burlado por usted. (¡Mofles¡) Estamos inconformes con sus políticos”. Una mujer también increpó al líder del tricolor: “Ojalá que esto no sea nada más una publicidad para sacar provecho de ello, ojalá piensen”. El licenciado Camacho Quiroz se limitó a contestar: “Lo único que queremos es llegar a chambear”.

Por pura curiosidad este redactor buscó en la Gaceta Parlamentaria el acta de la sesión ordinaria del jueves 17 de marzo, precisamente la fecha en la que el coordinar del PRI en la Cámara de Diputados expresó que lo único que querían era llegar a chambear. Ese día asistieron a la Cámara 282 —de 500— diputados, apenas 6.4% más de la mitad. La sesión se abrió a las 11:36 de la mañana —estaba programada a las 11 de la mañana— y culminó a las 3:29 de la tarde. ¿Cuánto tiempo chambearon? Tres horas con cincuenta y tres minutos, ni la mitad de una jornada de cualquier trabajador. ¿Cómo regresaron a sus casas? Por más que busqué no encontré información al respecto. Dado los embates populares recibidos por la mañana, dudo que Camacho y acompañantes hayan regresado en Metro.

Al día siguiente, los H Diputados —la h es de huevones— se concedieron un merecido descanso de 11 días que culminó el pasado martes, día en el que su recinto se vio enaltecido con la presencia del niño Carlos Antonio Santamaría Díaz, que a sus nueve años es graduado del diplomado de bioquímica y biología molecular en la Facultad de Química de la UNAM. Los legisladores se tomaron selfies con Carlos Antonio para presumirlas en las redes sociales, como si hubiera sido por ellos por los que el chamaco logró su diplomado.

Si usted ve las fotografías del chavo percibirá que su cara de niño travieso tenía un gesto un tanto cuanto burlón, se le ve relajado y mantuvo las manos metidas en los bolsillos del pantalón. (Quizá temía que alguno de los presentes lo bolseara).

La culminación de la visita vino cuando alguien le preguntó: “¿Te gustaría ser diputado?”, a lo que Carlos Antonio contestó: “¡No, yo no quiero ser diputado. No quiero ser como ustedes! Quiero ser científico”. Con su respuesta, el niño genio, entre líneas, manifestó que no tiene vocación para la mentira, la simulación, la impunidad y la transa. Él quiere trabajar para el bienestar de la sociedad.