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El imbécil código de procedimientos penales nos obliga a decir solamente que se llama Osmer H., y que tiene quince años. A cambio, de las dos mujeres asesinadas a balazos por este huerco la semana pasada, los medios están llenos de los nombres, edades y dolor de los parientes de las maestras de la escuela Makarenko —un pedagogo ruso-soviético— en Lázaro Cárdenas, Michoacán.

También sabemos que ese martes, Osmer se grabó frente a un espejo con el fusil de asalto AR-15 Patrol, casi nuevo, que fabrica hoy la marca Colt, que estaba en la casa del muchacho y que en México es exclusivo del uso del Ejército. “Hoy es el día”, tituló Osmerito los videos testimoniales que vimos luego, con su cara, obviamente, difuminada.

Brevemente: el tal Osmer no llegó a clases a tiempo, metió el arma y cartuchos adicionales en un estuche para guitarra y se fue a la escuela; por el retraso, no se le permitió entrar, y ahí mismo, en el vestíbulo, sacó el arma y disparó 14 tiros, en la función tiro por tiro, del arma semiautomática. Las dos mujeres cayeron muertas, una con impactos en la espalda.

Por circunstancias no reveladas, el asesino no continuó con lo que parecía su plan fatal, probablemente seguir la matanza; se encontraron en el estuche 47 cartuchos más del calibre 5.56. Igualmente se presentó con desusada presteza la policía, que detuvo al mozalbete.

Lo que queda son tres preguntas fundamentales.

¿Cómo y de dónde obtuvo Osmer arma y cartuchos? Su padrastro, con quien vive, es oficial de la Marina de México, pero ha declarado ya que su arma de cargo no es un AR-15.

Desde luego, la señora presidenta con A de patria lamentó el trágico incidente y apuntó a la innegable necesidad de atender el estado de salud mental de jóvenes así. Su indignación es mínima frente a la que siente la gente, que solamente espera el mayor castigo posible al asesino. Y esa es la segunda pregunta: ¿qué le espera al ejecutor de este crimen realizado con las tres agravantes conocidas?

Según el Código Penal del estado “libre y soberano” de Michoacán, Osmer tiene que ser tratado, desde su detención, juicio y condena, como un menor de edad que lo es. Dada esa circunstancia y según el código penal michoacano, puede recibir una pena máxima de tres años de privación de la libertad, en una institución que guarde niños delincuentes. Si tuviese 17 en el momento del crimen, le darían 5 años. Y ya. Free again.

La tercera interrogante es más complicada. ¿Por qué?

Frente al espejo, cuando se miraba ya ejecutando seres humanos con su rifle, y a punto de salir, Osmer H. hizo referencias a una nueva secta, aunque su ideario puede ser añejo, que se llama celibato involuntario; sus células en inglés son INCEL. Es muy difícil definirlo como síndrome, trastorno mental, moda mediática o serio mal social.

Los adherentes a esta entidad son jóvenes de ambos sexos, aunque predominan los varones, que no sienten la necesidad o no tienen la capacidad de entablar una relación sentimental con el otro género; mucho menos relaciones sexuales. Pero eso está simplificado; su condición puede derivar en una misoginia agresiva, derivada de un complejo de inferioridad nacido del rechazo de una o varias mujeres.

Para tratar de entender esta novedosa realidad, recomiendo ampliamente ver la serie de televisión inglesa “Adolescencia” que se encuentra en Netflix. Ha recibido seis premios Emmy, y tiene una excelente manufactura y actuaciones; aborda precisamente un asesinato nacido en el almácigo del celibato involuntario. Son seis episodios que se van como agua, y además está realizada con la técnica fascinante y difícil de “toma secuencia”, en que la cámara no se detiene nunca para cambiar los planos.

Véanla porque nos puede ayudar a entender ese algo que anda muy mal en nuestra sociedad.

Osmar es un asesino, desde luego. ¿Hasta dónde hay responsabilidad de sus padres, en estos tiempos en que los muchachos y muchachas no despegan la vista de la minúscula pantalla ni a la hora de comer? ¿Qué responsabilidad total tiene la sociedad entera?

Los códigos penales del país deben modificarse. Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos, pero los quinceañeros de hoy no tienen nada que ver con los quinceañeros que fuimos, acabando de salir de la pubertad, para descubrir clandestinamente la sexualidad en las revistas de peluquería y en solitario onanismo inofensivo, o sesiones de iniciación generalmente torpes, con putas, patrocinadas por los amigos mayores o a veces por el propio padre.

Los muchachos de hoy son adultos en cuerpo de adolescentes; sus valores, procedimientos y metas son de adultos, actúan como adultos y el Estado no puede seguir manteniendo un pensamiento decimonónico, pudibundo y pueril. “Es que es un niño…”.

En mi opinión deben ser perseguidos como adultos.

PILÓN PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): “No queremos un rey” se traduce el lema de las manifestaciones en la Unión Americana el sábado pasado: No kings.

Cientos de miles de personas no estaban protestando solamente en contra del disparo de los precios de todo, a consecuencia de una guerra loca. Todas lo son. Y era una manifestación con una persona ególatra a la potencia ene.

Tal vez en sus desvaríos, el presidente de los Estados Unidos tenga frente a sí el dilema de con qué nombre mayestático debe ser recordado por el mundo. ¿Trump el Magnífico? ¿O simplemente Donald Primero?

El otro día, ridiculizando a la señora presidenta con A de Patria, con el estilo particular de elogiar su belleza, tino, simpatía, voz y presencia de doña Claudia, para luego soltarle un mandarriazo, volvió a referirse al Golfo de México como Golfo de América. Poco le faltó para denominarlo Golfo de Trump.

Pues el sábado, en un discurso ante el foro del Futuro de la Iniciativa de Inversiones, en Miami, simuló un lapsus linguae y señaló que Irán “tiene que abrir el estrecho de Trump”. Corrigió enseguida, claro. Dijo algo así que traduzco como “se me chisporroteó”.

Échense ese trompo a la uña.

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