La inflación general en Estados Unidos ha venido disminuyendo lentamente después de alcanzar un pico de 9.1% en junio. Después de tocar ese nivel, que es el máximo de los últimos 40 años, la inflación bajó a 8.5% en julio, 8.3% en agosto y 8.1% en septiembre.

Sin embargo, esta lenta disminución es principalmente atribuible a una reducción en los precios de los combustibles. El precio promedio de la gasolina a nivel nacional disminuyó de 5.03 dólares por galón en junio a 3.82 dólares en septiembre. Esto quiere decir que el incremento de precios en otros bienes y servicios en la economía se ha acelerado considerablemente.

Esta situación es evidente en el comportamiento de las cifras de inflación subyacente que excluye los precios de los componentes más volátiles del índice de precios al consumidor, incluyendo energía y alimentos.

La inflación subyacente ha mantenido una trayectoria ascendente, pasando de 5.9% en junio, a 6.3% en agosto y 6.6% en septiembre. La cifra a septiembre representa el nivel más alto de inflación subyacente de los últimos 40 años.

La interpretación de algunos observadores es que lo que comenzó como un brote inflacionario generado por las disrupciones en las cadenas de suministro durante la pandemia y fuertemente exacerbado por la invasión rusa a Ucrania, se ha generalizado a otros bienes y servicios. Esta situación está dificultando la batalla que está librando la Fed contra la inflación.

Para darnos una idea de la magnitud de las presiones inflacionarias desde que comenzó la pandemia, vale la pena poner atención en el comportamiento de los precios de algunos sectores en particular.

Los siguientes son los aumentos en precios entre enero del 2020 y septiembre del 2022: autos usados (51%); gasolina (37%); cárnicos (22%); electricidad (22%); alimentos para consumo en el hogar (22%); vehículos nuevos (20%), bebidas alcohólicas (9%), ropa (4 por ciento). En conjunto, los precios de todos los bienes que conforman el índice de precios al consumidor han aumentado 15% en ese periodo.

Estos indicadores confirman que las presiones inflacionarias generadas por los choques de oferta (pandemia y guerra en Ucrania) han sido exacerbadas por las decisiones de política económica (en la forma de una inyección de estímulos masivos tanto fiscales y monetarios que resultaron ser excesivos) que contribuyeron a un sobrecalentamiento de la demanda agregada y una escasez de mano de obra que ha presionado los salarios.

Esta escasez de mano de obra es lo que más preocupa a la Fed ya que los incrementos salariales que las empresas han tenido que ofrecer para llenar las vacantes han sido insuficientes. Esto, a pesar de que el salario promedio por hora ha registrado un aumento de 14.4% entre enero del 2020 y septiembre del 2022.

La apuesta de la Fed es que al subir agresivamente las tasas de interés y retirar liquidez de los mercados, la demanda agregada se desacelere lo suficiente para que las presiones salariales, que son el factor que puede perpetuar las presiones inflacionarias iniciadas por los choques de oferta, vayan cediendo.

En septiembre, el incremento anual en los salarios fue 5%, una ligera desaceleración desde 5.2% observado en los tres meses previos.

La política monetaria tiene un impacto claro pero rezagado en la demanda agregada.

En algunos sectores, como el de vivienda, el alza en las tasas tiene un impacto más inmediato en los precios de las viviendas, pero el canal de transmisión al resto de la economía puede ser más lento.

Por el lado de la oferta agregada, el choque de las cadenas de suministro se seguirá disipando gradualmente. No obstante, el choque generado por la guerra en Ucrania, corre el riesgo de prevalecer por tiempo indeterminado.

En este contexto, todo indica que la lucha contra la inflación será lenta, larga y con un costo importante para el crecimiento económico.