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Durante los últimos meses ha habido un intenso debate sobre cuándo y cómo será la siguiente recesión en Estados Unidos.

A principios de este año, dicho debate estaba enfocado en si habría una desaceleración suave y gradual de la actividad económica en la forma de un soft landing, o si veríamos un retroceso más pronunciado y súbito, es decir un hard landing.

Sin embargo, conforme las cifras de actividad económica y empleo de los primeros meses del año fueron mostrando un desempeño mejor a lo esperado, muchos observadores comenzaron a hablar de un escenario sin recesión o de no landing.

No obstante, la narrativa dio un nuevo vuelco a partir de mediados de marzo con la crisis de confianza y liquidez de la banca regional en Estados Unidos que acabó en la quiebra de tres bancos regionales en marzo. A partir de entonces, el escenario de no landing se fue disipando y el debate se volvió a centrar entre el soft landing y hard landing.

La crisis bancaria requirió la intervención de las autoridades financieras y de la Fed para restaurar la confianza en el sistema de bancos regionales, evitando un verdadero problema sistémico.

Aunque la Fed fue exitosa en evitar un contagio masivo y una crisis sistémica, los especialistas y la misma Fed están conscientes que este episodio está generando un endurecimiento en las condiciones de crédito, actuando como lastre en la actividad económica.

Normalmente, la Fed buscaría contener este apretón de crédito recortando las tasas de interés. Sin embargo, mientras la inflación se mantenga considerablemente por arriba de la meta, el banco central no tiene espacio para reducir las tasas de interés de referencia.

Ante la falta de espacio para una reacción de política monetaria enfocada en combatir una desaceleración, el otro amortiguador que normalmente entra en vigor es el de la política fiscal.

Desafortunadamente, la salud de las finanzas públicas en Estados Unidos deja muy poco espacio para la implementación de estímulos fiscales.

El gobierno de Estados Unidos tiene un déficit fiscal anualizado de 2.2 billones de dólares, equivalente aproximadamente a 5.6% del PIB.

Lejos se ven los días en los que los especialistas se preocupaban por la política fiscal de la administración Trump que llevó el déficit a superar 1 billón de dólares por primera vez en la historia en el 2019, lo cual entonces representaba 4.7% del PIB.

Para entender la magnitud del problema, el promedio histórico del déficit público como porcentaje del PIB en los últimos 50 años es de 2.7 por ciento.

Aunque la trayectoria del déficit como porcentaje del PIB va en la dirección correcta – disminuyendo desde un máximo de 15% al cierre del 2020 a 12.4% en el 2021, 5.5% en el 2022 y un estimado de 5.4% para el 2023 –la administración Biden no tiene margen para echar mano de un plan de estímulos fiscales como medida contracíclica en caso de que se presente una recesión.

De acuerdo con el indicador de probabilidad de recesión publicado por la Fed de Nueva York, la probabilidad de recesión en los próximos 12 meses subió a 58% en abril, su nivel más alto desde agosto de 1982 (como referencia este indicador se ubicaba en 40% en noviembre de 2007, 10 meses antes de la quiebra de Lehman Brothers).

Este indicador toma como base el diferencial de tasas entre el bono del Tesoro a 10 años y el bono del Tesoro a tres meses. Dicho diferencial se amplió de -1.15% en marzo a -1.6% al cierre de la semana pasada, lo cual representa su nivel más amplio en 30 años.

Aunque hay sectores claves de la economía, como el manufacturero y el de vivienda residencial, que ya llevan varios meses en contracción, también hay otros sectores, como el de servicios, y el empleo en general que se han mostrado resistentes a la desaceleración.

Así que el debate entre el soft landing y el hard landing sigue vivo.

De acuerdo con el indicador de probabilidad de recesión publicado por la Fed de Nueva York, la probabilidad de recesión en los próximos 12 meses subió a 58% en abril, su nivel más alto desde agosto de 1982.