Ante el lamentable asesinato del exprimer ministro de Japón, Shinzo Abe, hace unos días, vale la pena hacer un breve recuento de su gran legado en términos de política económica.

Abe fue primer ministro de Japón de finales del 2012 a septiembre del 2020, convirtiendo su mandato en el más largo en la historia de ese país. Shinzo Abe recibió una economía sumida en largo y profundo letargo.

El periodo de estancamiento y múltiples recesiones comenzó en 1990, después de la explosión de una gran burbuja especulativa en el mercado inmobiliario y los mercados financieros que se gestó durante la década de los 80.

La burbuja se fue gestando de la mano con un aumento desmedido en los niveles de endeudamiento del sector privado. La burbuja reventó cuando el Banco Central de Japón (BoJ) subió las tasas de interés para controlar los crecientes niveles de especulación.

El alza en las tasas generó una crisis de insolvencia en el sector privado, los pasivos de las empresas y los hogares simplemente valían más que los activos.

Esta situación provocó la quiebra técnica del sistema bancario y obligó al gobierno japonés a implementar su rescate. El rescate provocó fuertes presiones en las finanzas públicas que pasaron de un superávit presupuestal equivalente a 2.4% en 1989 a un déficit de 10% en 1998.

Aunque el BoJ redujo las tasas de interés a cero en un intento para reactivar el crédito, el consumo y la inversión, el impacto de la crisis fue tan devastador para los consumidores y las empresas que la medida no fue efectiva.

Al tomar posesión, Abe sabía que debía cambiar la receta para poder sacar a Japón de esta trampa de crecimiento y deflación que llevaba más de dos décadas.

Abe implementó un ambicioso plan de estímulos y combate a la deflación. Una de las principales iniciativas impulsadas por Abe fue el nombramiento de Haruhijo Kuroda al frente del BoJ a quien encomendó la responsabilidad de dar un giro en la política monetaria hacia medidas menos ortodoxas.

El BoJ llevó las tasas de interés a terreno negativo e implementó un ambicioso programa de estímulos cuantitativos, inyectando miles de millones de yenes a la economía.

El programa de liquidez del BoJ fue de los más ambiciosos del mundo ya que además de comprar deuda pública, el banco central destinó una gran cantidad de recursos a la compra de fondos indizados al mercado accionario japonés y fondos de bienes raíces.

En el lado de política fiscal, el gobierno de Abe implementó grandes estímulos enfocados en proyectos de infraestructura y programas sociales.

Sin embargo, el legado más grande de Abe en términos de política económica fue la implementación de un ambicioso programa de reformas estructurales y apertura comercial.

Estas reformas se tradujeron en un incremento en la tasa de participación de la fuerza laboral y un considerable aumento en la productividad laboral que llevaba años estancada.

El objetivo de Abe era claro, combatir la deflación y estimular el crecimiento a toda costa, reduciendo el valor real de la deuda pública a través de una inflación saludable, buscando revertir la trayectoria del déficit público como porcentaje del PIB.

La política económica de Abe, conocida como Abenomics, fue un parteaguas en la filosofía económica japonesa mediante la cual se logró una desjaponización de la política económica, asemejándola más a lo que hicieron otras economías desarrolladas en momentos críticos.

Previo a la llegada de la pandemia, Abenomics había sido un éxito rotundo en el combate a la constante amenaza de deflación. Asimismo, el mercado accionario japonés más que duplicó su valor después de años de estancamiento.

Aunque los resultados en términos de crecimiento han sido mixtos, Abe logró sacar a Japón de su trampa de crecimiento.