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En aquel México instalado en su zona de confort de ser un país petrolero, con gasolinas subsidiadas y la bendición de la zona de Cantarell dando barriles a manos llenas, la súplica no era otra que mantener altos los precios del petróleo.

Aplaudíamos que se disparara el precio del petróleo porque nos dijeron que la empresa de todos los mexicanos lograba más recursos para gastar a manos llenas en el gasto público.

Cegados por la comodidad de recibir muchos dólares por muchos barriles de petróleo que exportaba el país, nos sentamos como ciudadanos a contemplar el despilfarro.

Todos recibían su parte del botín, el gobierno federal incrementaba sus posibilidades de gasto público, los estados y municipios negociaron su tajada de excedentes petroleros que recibían sin mayores controles.

Y los ciudadanos se mantenían sumisos y contentos recibiendo cientos de miles de millones de pesos en subsidios para mantener las gasolinas artificialmente baratas.

Cuando se acabó la fiesta de los barriles de petróleo a más de 100 dólares, cuando se secó Cantarell y Pemex no había invertido lo suficiente para sobrevivir y, sobre todo, cuando se dejó de traspasar dinero de los programas sociales de los más pobres para llenar nuestros tanques de gasolina, nos enojamos.

Bajo condiciones normales, la adaptación toma tiempo pero se logra, se acepta el mercado libre en la medida que hay mejoras en su funcionamiento.

Estamos en ese tránsito hacia un mercado abierto donde las ventajas de la competencia nos hagan aceptar los precios volátiles que en el planeta entero tienen los energéticos.

Pero hay factores que en nuestro caso hacen más difícil este proceso de adaptación. Uno es la costumbre: tantos años de vivir injustamente del subsidio generó adicciones.

Otro es la lentitud con la que se da la transición hacia un mejor modelo de combustibles. Porque allá afuera siguen las mismas gasolineras de siempre, los mismos cilindros viejos de gas LP, pero eso sí: los nuevos precios de un mercado libre.

Pero hay otros aspectos que nos hacen desesperarnos con el mercado libre y no subsidiado de los combustibles en México. La corrupción y la impunidad pesa en el ánimo de aquel que tiene que pagar casi 20 pesos por litro y no tiene la garantía de que le están sirviendo completo lo que paga.

El gas que se usa en casa llega en cilindros que no siempre pesan lo mismo y no hay autoridad que dé la cara por los consumidores. Creen que no hablar del robo de combustibles en las gasolineras y en el reparto del gas es arreglar el problema.

El otro factor que tanto enchila es que se usa a las gasolinas como combustible para hacer política electorera. Es más fácil idiotizar electores al grito de no al gasolinazo que educar ciudadanos para un consumo responsable.

Es increíble que aquellos que se dicen de izquierda no sean los primeros que brinquen de gusto con el fin del uso de recursos públicos para subsidiar gasolinas y que azucen a la gente llamar rateros a los que sí se atrevieron.

Es de una lógica tercermundista y retrógrada hacer que la gente pida su tajada de subvención para su consumo personal de gasolinas antes que fomentar la implementación de tecnologías más económicas y limpias.

La combinación entre la impericia, la corrupción y el populismo han hecho de la liberación de los precios de los combustibles una combinación explosiva.