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No tiene ninguna lógica que Estados Unidos abandone el acuerdo nuclear con Irán si lo que busca es vigilar que esa nación no desarrolle armamento atómico.

El gobierno de Estados Unidos se aísla del resto de las potencias que respaldaron este acuerdo y vuelve a correr el peligro de que sus medidas queden pequeñas si el resto decide sostener el pacto con los iraníes.

Si el objetivo es frenar el patrocinio al terrorismo, poco consigue Donald Trump debilitando a los moderados que hoy gobiernan Irán.

En fin, no parece haber muchas razones lógicas para esta decisión asumida por el presidente de Estados Unidos.

Pero la lógica y el sentido común no han sido el sello de la administración de Donald Trump. Desde que inició su mandato ha tomado decisiones que parecen más necesitar de explicaciones psicológicas, que den cuenta de una megalomanía, que de un interés general para su país.

La salida de Estados Unidos del acuerdo de París sobre cambio climático es un gran absurdo que acabarán por pagar con una eventual inundación de Miami o el siguiente huracán en Nueva York.

Pero, otra vez, lo que sucedió con ese rompimiento fue un claro interés comercial por mantener la venta de energéticos sucios y sobre todo querer imponer al resto del mundo su visión de las cosas.

Por eso es que ahora Trump dice que aceptaría regresar al Acuerdo de París si se corrigen las injusticias en contra de Estados Unidos. Ése es el presidente de Estados Unidos.

Así también se salió intempestivamente del Acuerdo Transpacífico, el TPP. Recientemente ha coqueteado con su regreso si, otra vez, se cumplen sus condiciones.

Entonces, Donald Trump no tiene empacho en tomar las decisiones más absurdas y contrarias al interés de su país por ese enorme ego que le caracteriza. No es un secreto que otro de los acuerdos que tiene en la mira es aquel pacto comercial que tiene con México y Canadá.

Hoy, están allá en Washington los funcionarios mexicanos y los representantes canadienses tratando de hacer lo imposible para que los delegados de Donald Trump entiendan que en una negociación se tiene que ceder.

A pesar de la certeza que tienen prácticamente todos los sectores estadounidenses involucrados en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) de que su rompimiento es desastroso para ellos, nadie puede descartar que Donald Trump se monte en su gran ego y decida al final que, si no es el acuerdo que él quiere, simplemente no pasa.

Los rompimientos de Trump con Irán, con París, con el TPP no tienen lógica, tienen más consecuencias negativas que ventajas para Estados Unidos. Por lo tanto, hay que tomar en cuenta estos antecedentes antes de estar tan seguros de que el TLCAN va.

Los mejores esfuerzos de los expertos negociadores pueden terminar en un tuit de Trump, simplemente porque el ego de Donald Trump y asesores que lo alimentan concluyan que, si no consiguen determinado porcentaje para la industria automotriz o una cláusula de terminación del acuerdo como ellos quieren, todo debe echarse al bote de la basura.

El acuerdo nuclear con Irán nos enseñó lo que le puede pasar al TLCAN.