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Muchas personas de acreditada solvencia intelectual y de integridad razonan su adhesión al proyecto político en el poder por su definición de justicia social. En el proceso hacen propia la condena al pasado y, particularmente, a sus excesos como la exclusión, la ética del individualismo posesivo y la corrupción.

Llama la atención en ellos su desdén por los valores de la democracia liberal como es la constitucionalidad y el Estado de derecho, las libertades, la transparencia y la rendición de cuentas, así como el poder desconcentrado y acotado y la práctica de elecciones justas y confiables. Las pulsiones autoritarias del grupo dirigente no parecen preocuparles, tampoco la propuesta de alterar las premisas de funcionalidad de la democracia. Frente a los hechos adversos del proyecto en el poder suelen reivindicar intenciones sobre resultados.

En su discurso caricaturizan el pasado y en los hechos hasta imitan la caricatura y no la realidad. De aquella época, hay mucho de inaceptable, pero tampoco se puede generalizar porque también hay mucho digno de reivindicación. Más aún, el problema más grave de la venalidad es tan antiguo como vigente y tiene que ver con las insuficiencias éticas de la sociedad. Por ello la corrupción se ha reproducido no obstante las buenas intenciones de un proyecto social convertidas en promesas de campaña. Sí, se requiere una transformación, pero genuina, que reivindique la ética en todos los aspectos de la vida social. Para que ese cambio ocurra son indispensables las instituciones y acabar con la impunidad. Lo que está mal habría que corregirlo, no destruirlo.

En la próxima elección el dilema que se presenta es entre democracia y autoritarismo. Esa disyuntiva no está en el plano de la retórica, sino en el planteamiento de las reformas propuestas por el presidente López Obrador y que han hecho propias los candidatos de su partido. El clientelismo y la ilegal inequidad en la contienda le ofrece condiciones de ventaja, pero también está por delante, como tarea irreductible del bloque opositor, hacer valer la democracia, convencer al votante a participar por la alternancia y en lo que ésta significa como garantía de bienestar, certeza de derechos y empoderamiento ciudadano para un mejor mañana.