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Hay algo peor que los políticos profesionales: los políticos no profesionales. Y hay algo peor que el mal gobierno, la falta de gobierno, y su hermana sustituta: la tiranía.

Las guerras de Independencia hispanoamericanas se libraron en tres frentes. Fueron a la vez guerras contra el imperio español por la Independencia, guerras civiles de criollos patriotas contra sus parientes realistas, y guerras contra los vecinos, que dieron paso a la formación de nuestras naciones: Paraguay y Uruguay contra Buenos Aires, Chile contra Perú, Perú contra el Alto Perú, Guatemala y Centroamérica contra México.

Los intereses oligárquicos provinciales triunfaron sobre el sueño unitario de Bolívar, y sobre Bolívar mismo, quien pasó de ser el Libertador a ser el Déspota y de ser el Héroe a ser el Réprobo. Los oligarcas de mira estrecha, pegada al terruño, fueron los artífices de nuestras naciones, sus primeros arquitectos.

El resultado fue la proliferación de aquellos “gobiernitos” que enervaban a Bolívar. A lo largo y a lo ancho de las nacientes naciones hubo una fila de gobiernos débiles, oscilantes entre el sueño de tener gobiernos representativos y la necesidad de imponer gobiernos fuertes.

Los gobiernos representativos naufragaban con rapidez en la parálisis o en la conspiración de sus adversarios; desembocaban, más temprano que tarde, en alguna forma de gobierno fuerte. Los gobiernos fuertes se despeñaban a su vez, rápidamente, en la dictadura, que daba paso a nuevas revueltas y a nuevas restauraciones republicanas, democráticas, federalistas, representativas.

Constituciones fueron y vinieron sin que se lograra resolver el problema central del gobierno que es gobernar.

El dilema político fatal de nuestras nuevas naciones era optar entre gobiernos fuertes y gobiernos representativos, entre poder central y poder federal, entre ejecutivos fuertes y ejecutivos acotados por los otros poderes. Se impusieron los caudillos y, al final, en todo el continente, los regímenes presidenciales, trasuntos del pasado monárquico.

El sueño de gobiernos fuertes fue la gran tentación de las naciones hispanoamericanas independientes. El populismo del siglo XXI es el nuevo ropaje de aquel viejo sueño de gobiernos fuertes, por fuera de las instituciones. En muchos sentidos, es el sueño actual del gobierno de México.