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A los muertos se les entierra o se colocan en urnas con sus cenizas en algún nicho o en el espacio que sus cercanos decidan.

A los muertos se les deja de ver y se les recuerda con un inicio y un final triste, doloroso, desgarrador o uno en el que pudo despedirse e irse en paz.

Pero hay muertos que no tienen un final, que a la mitad de su vida desaparecieron porque fueron secuestrados, violentados y esfumados del planeta tierra.

De ellos nadie habla cuando sus madres gritan sin descanso día tras día para encontrarlos, para imaginar que con el lazo eterno que hay entre un hijo y quien lo engendra lo llame y vuelva.

Pero no pasa nada, no viene, no vuelve y sus lamentos siguen sin ser escuchados por quienes deberían de estirarle la mano para ayudarle en su búsqueda. Las autoridades se convierten en sordas y mudas, no hablan, no escuchan y no actúan.

En los últimos años se han encontrado cientos de fosas clandestinas distribuidas en nuestro país con cuerpos que muchos ya habían dejado de buscar, con restos que son imposibles de rastrear, pero con hombres y mujeres que se han mezclado con la tierra.

El dolor continúa y la ceguera también.

Cualquier marcha que realizan madres y padres de personas desaparecidas son duras y dolorosas, sobre todo para quienes somos padres y para quienes nunca vieron volver a sus familiares a casa.

La ausencia duele, pero el no saber ni cómo, ni qué fue de él, debe de ser un martirio diario, una pesadilla sin fin.

Lo que el día de ayer hicieron los familiares de las personas desaparecidas frente al Palacio Nacional en la Ciudad de México, fue estremecedor y desgarrador. Llevaron tierra y con palas la fueron esparciendo sobre el piso del Zócalo, ese en donde todos hemos pisado alguna vez, en donde la historia de este país ha transitado con sus múltiples circunstancias.

Protestaron contra la impunidad y la falta de disposición para la investigación de su hija, hijo, nieto, sobrino, el de ellas y el de las otras, es decir, contra la ceguera y el silencio de quienes pueden ayudarles y los ignoran.

La fotografía de Madla Hartz para la agencia EFE, es tan ácida que vemos a dos niños sobre la tierra revuelta con escombros, uno de ellos carga una pala y mueve la tierra de un lado a otro.

Dos niños, ningún adulto a la vista. Dos pequeños que a esas alturas saben que lo que hacen sus padres o madres es buscar a su hermano, hermana o familiar entre la tierra olvidada por ahí, porque quizá allí también están olvidados sus cuerpos.

La realidad de miles de niños y niñas mexicanas, en donde son testigos y son conscientes de la pérdida y quizá de la parte más cruel, que es que todos sus familiares y amigos, hablen que a “ese” hermano o hermana perdida, lo encontraron en un baldío.

¿Cómo no puede esto trastocar a las autoridades? ¿Cómo no salir de los muros impenetrables del Palacio Nacional para mostrar empatía y atención a quienes simulan un área en donde diariamente buscan cuerpos?

Una fotografía que retrata lo mal que estamos como sociedad, en donde lo que más nos duele, lo repetimos constantemente para ser vistos y sobre todo atendidos.

Miren que lanzar tierra, cargar palas y poner las fotos de sus familiares desaparecidos es tener el valor atestado en el dolor que les ha marcado la vida misma, mientras que los otros, ni siquiera los ven.

Pero usted y yo sí lo vemos, allí está en la imagen.

No todos los muertos, mueren. Hay muchos que aparentan ya no estar pero que sin ser encontrados, siguen vivos.

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Foto de EFE/ Madla Hartz