En la psicología se habla mucho de la imagen que te construyes mentalmente de tu futuro o de lo que está bien hacer; esa “fotografía” que la tienes de manera consciente e inconsciente como una hoja de ruta para tu vida personal o profesional.

Gran parte de nuestra vida la llevamos a cabo a partir de imágenes, nos atrae una persona, algún lugar o la comida por la foto que vemos. Hoy en día ya se eligen los destinos para vacacionar a partir de las fotos que se comparte en las redes sociales, estamos bajo la más clara premisa “donde se vea bonito, yo me veré bonita”.

La fotografía siempre nos ha guiado en el laberinto de nuestra mente, de todos los recuerdos que ya habitan, quizá sin haberlos vivido de manera directa, pero están y ocupan un lugar, claro está de lo que ni siquiera estamos cerca por experimentar.

También es curioso porque dentro del objeto “fotografía” que funge como un documento para identificar o documentar, también va ligada con la moral y el derecho a que el otro pueda o no ver el rostro, por ejemplo, cuando capturan a un “presunto” delincuente, secuestrador o víctima.

Se le toma la foto porque es parte de un protocolo, pero se le bloquea el rostro para que nadie pueda identificarlos hasta que se les acuse de manera directa y tajante: “CULPABLE”.

Los derechos sobre la identidad tienen los criterios de no colocarlos en el banco de los juzgados y señalados por la sociedad, sin embargo, lo hacen.

Hablemos de las víctimas, en este caso las mujeres que han sido violentadas y acosadas por sus jefes, compañeros de trabajo, profesores o familiares. Gracias a nuestro sistema cultural en donde el hombre es el más fuerte y la mujer la débil, se juega un intercambio no justo en el respeto a la identidad de cada uno y el peso a la fotografía.

Cuando nos enteramos de que “Karla” quiere denunciar el acoso de un tal “Pedro” quien era su profesor en la universidad, le recomendamos que no se quede callada, que lo comparta en redes sociales, que lo acuse con el director de carrera o con el rector, y si el hostigamiento fue tan agresivo, pues que vayamos directo a denunciarlo.

La valentía se presenta con el enojo, la impotencia y la rabia de haberse sentido atosigada y cazada por un animal; pero cuando se camina por los pasillos para denunciar, viene el pánico y el enojo porque si la gente se entera y si aparece su nombre real (porque obvio no es Karla y Pedro no es Pedro), la juzgarán, la señalarán y todos hablarán a sus espaldas, bueno hasta quizá nadie quiera andar con ella.

Pero algo pasa y el rumor recorre los pasillos, y parece que no solo fue ella, sino otras más y más, entonces el valor se junta y deciden entre todas hablar, sacarlo a la luz y tienen suerte de que la universidad las escucha.

Pasa el tiempo y no pasa nada, todo queda en meras acusaciones y la foto de cada una de ellas no circula por precaución, pero la foto de él circula en todas partes como un “acosador” y da la casualidad que comienzan a surgirle nuevas oportunidades de trabajo, como si lo mereciera y como si pudiera llevar una prácticamente normal, cuando ellas, todas juntas no han podido recuperar”se”, no han podido volver a verse igual en el espejo o tener una relación con un hombre.

No podemos conocer el rostro de ellas porque a través de la fotografía, la sociedad se vuelve cazadora y reportera de revistas de chismes, se convierten en el ojo del huracán, mientras a él, lo ven y lo ignoran, le permiten su permanencia en el mundo visual como un hombre más y uno más que se respalda en que no hay prueba y sin ella, pues nada es verdad.

A esta altura, sabemos que Pedro Salmerón ha sido designado para ser Embajador de Guatemala y estamos enterados de su pasado acosador de alumnas y de la guerra de tweets que hay entre quienes lo defienden y quienes lo exhiben.

Y vuelvo a lo mismo, qué pesar es que a las fotografías de ellas no podemos verlas, porque no somos capaces de hacerlo sin construir una historia de víctimas, pero sí podemos verlo a él sin que pase nada. Va de pantalla en pantalla, de ventana en ventana, de un medio a otro, entre cientos de miles de clicks y no pasa nada.

Un acosador debería de tener los cuadritos en el rostro, para que perdiera la identidad, y el rostro de ellas debería de aparecer más como las mujeres valientes que se jugaron el todo por el todo por denunciar y que no quedara impune.

** Aclaración: El  Pedro que yo les hablo en el ejemplo, ni crean que hablo del profesor de la ITAM, eso fue mera coincidencia.

pedro salmerón