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Todos llegamos a un punto en la vida en que aprendemos a normalizar las emociones, aún y cuando en un inicio nos atacaron de manera sorpresiva y nos causaron un sobresalto de la cabeza hasta los pies.

Tener emociones como el miedo, ansiedad, tristeza e incluso las catalogadas como “positivas sanas” como la alegría o bienestar nos llegan a desconcertar cuando llegan de manera inesperada.

Después al catalogarlas, y ubicarlas en tiempo y espacio solemos normalizarlas y el vuelco que nos causaron en un principio se convierte en parte de lo cotidiano y rutinario.

Las 197 mil muertes en nuestro país y los más de 2 millones en el mundo a causa del COVID-19, se han instalado en una extraña normalidad. Durante un año hemos sido testigos de las pérdidas de manera directa e indirecta.

Familiares o bien los de nuestros amigos, o las historias que terminas por saber porque alguien te llamó para contar el drama que vivió la amiga de su amiga.

Es decir, las pérdidas se hicieron parte de las charlas con quien fuera. Últimamente he notado que cuando surge la dolorosa noticia de que una persona murió a causa del virus, ya se pregunta menos, ya solo se hace una expresión de lamento, pero ajeno, distante y desinteresado.

Una historia más, supongo.

Entre esa reflexión y la de entender detenidamente que hemos pasado un año entero bajo el recelo a un virus totalmente indetectable y que tanto lavar lo que compramos en el súper, cambiarnos de ropa, bañarnos cuantas veces sean necesarias, comprar cajas de cubrebocas, no ver a los amigos y usar el antibacterial como un mandato, es fácil darme cuenta de que nos ha abrumado la vida misma.

Así recordé el trabajo de la fotoperiodista francesa Laurence Geai y la foto con la que participa en la categoría de General News/Stories en el World Press Photo.

La muerte como una prohibición, un estado de miedo, de tristeza, de dolor, te rechazo incluso.

Pero hoy en día es una palabra que se repite, la hacemos nuestra, la negamos, la desconocemos, pero nos trastoca las fibras más sensibles de nuestra valentía y poderío que creemos tener como seres humanos.

La muerte en estos tiempos nos ha quitado el traje de invencibles, pero a un año y una semana pareciera que nos hemos terminado de colocar un propio ropaje de normalidad y una ligera indiferencia.

La foto de Laurence es para ponernos la piel chinita, y recordar que el proceso mismo del ciclo de la vida merece un respeto y una especie de fortaleza emocional cuando la tienes de frente. En este caso, lo digo de manera literal.

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Foto de Laurence Geai/ Instagram @laurencegeai

Aquí vemos a un hombre ataviado de pies a cabeza con un traje que le impidiera poderse contagiar en el proceso de llevar los ataúdes a las casas en donde había muerto algún miembro a causa del COVID-19.

El año pasado, cuando en Europa ya nos adelantaban el terror que vendría para nosotros, los funerales cambiaron de manera radical a solo un servicio de recoger el cuerpo para ser cremado a la brevedad posible.

Quienes hemos tenido la oportunidad de estar en ese país y utilizar ese tipo de elevadores de edificios viejos, sabemos que son tan pequeños que esa cercanía entre el ataúd y el hombre, son más que reales.

Los cuerpos de hombres y mujeres se han convertido en una especie producto que va y viene, del cual hay que deshacerse y que nadie puede tener contacto con él. La manera más deshumanizada posible.

Una imagen que nos recuerda que en estos tiempos el acto de morir nos priva del ritual de ser acompañados, de esa música que creemos que vamos a escuchar, de las lágrimas de quienes se acerquen a vernos antes de quedarnos sobre la tierra y los múltiples recuerdos de haber vivido como quisimos.

Una fotografía que nos recuerda lo cerca que estamos entre la vida y la muerte, y que no nos queda de otra, más que acompañarse y mirarse con la mayor naturalidad posible, pero nunca, con el desdeño que allí va un cuerpo que va lleno de momentos vividos.

Estoy segura de que esta foto estará en las ganadoras y la veremos en las múltiples exposiciones del World Press Photo en el mundo.