La Virgen de Guadalupe está por cumplir 490 años de sus apariciones en el Tepeyac, y desde inicios de este mes ya han comenzado el camino miles de peregrinos de distintas partes del país para honrarla en la Basílica de Guadalupe de la capital mexicana.

Tradición cultural, religiosa, familiar o de vida. Los católicos cargamos con muchísimas maneras de creencias y emociones respecto a la fe.

Una de ellas es ofrecer un sacrificio, un máximo esfuerzo en forma de agradecimiento por algún tipo de petición que fue solucionada o bien, una especie de ofrenda para pedir por algo que nos preocupa y nos quita el aliento.

La fe ni se ve, ni se toca, ni es comprobable, a excepción de cuando se ven este tipo de imágenes en donde vemos a hombres o mujeres de todas las edades que caminan de rodillas o largas distancias con un esfuerzo inexplicable.

Quienes creemos nos arrodillamos cuantas veces sean necesarias, nos hacemos pequeños entendiendo la vulnerabilidad en la que estamos, sabiendo que existe un poder mayor, un Dios que sobrepasa cualquier poder humano.

La Basílica de Guadalupe siempre ha sido el centro de atención cada año, al recibir a cientos de miles de católicos que acuden a cantar las mañanitas, a dar gracias por aquello que pidieron hace un año o vuelven con las mismas intenciones.

Ahora con pandemia, las fotos son más limpias, no hay campamentos allí afuera en la explanada. No más sleeping bag en el piso, áreas acordonadas para la debida distribución y el orden de quienes van llegando y los cánticos durante todo el día.

La Virgen de Guadalupe es un imán de emoción, de felicidad, es como sentirse en casa y estar resguardados por nuestra madre, y lo digo porque son esas sensaciones que son difíciles de explicar racionalmente, pero se sienten y eso también vale.

El joven que está allí arrodillado frente a la Virgen que lo aguarda en el interior, carga una mochila con ropa y una colcha enrollada que por el propio peso lo encorva y le hace más pesado su andar.

La imagen de la Virgen, un cuadro pequeño, ligero que la toma con su mano derecha, mientras que con la otra se da soporta a él, a su peso y a lo que lleva encima.

Insisto, cuando las condiciones son adversas, el católico lo ofrece. Cada falta de aliento, cada queja de cansancio, cada herida o marca del caminar no es un problema, es una ofrenda que se ve.

Esta imagen, más allá de lo que sabemos, retrata la realidad de la propia religión y los que creemos en ella.

Quienes aún defendemos nuestra fe, a veces nos topamos en que todo ha cambiado y que nos vemos solos.

Solos con la imagen del santo en quien creemos, solos porque oramos por una cosa o por otra, solos porque damos gracias, y muchas veces andamos en el peregrinar aprendiendo a no tener nadie a lado.

Solos porque hoy en día si algo no se ve, no existe. Somos pocos, pero seguimos siendo.

Así como él, cada quien, a distancia, solos o acompañados, celebramos el 12 de diciembre porque México tiene a la Virgen de Guadalupe y eso, ya nos hace muy afortunados.

Somos peregrinos y el camino no siempre es fácil, él joven de la foto, usted y yo lo sabemos.

peregrino en la basílica de guadalupe
Foto:
EFE/Madla Hartz