Minuto a Minuto

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OpenAI fue acusado de no publicar vacantes vinculadas al programa PERM para obtener la residencia permanente
Nacional México alista repatriación de tres piezas prehispánicas desde Estados Unidos
Entre las piezas destacan una figura antropomorfa de estilo Ixtlán del Río, un cajete de piedra procedente de Guerrero y una navajilla prismática
Internacional EE.UU. declara la emergencia para lidiar con los incendios sin control en el noroeste
Más de 65 mil personas han sido evacuadas, unas 700 estructuras se han quemado durante los incendios en EE.UU.
Internacional Embajador de México en EE.UU. se reunirá con la familia de Lorenzo Salgado
El encuentro entre el representante de México y la familia de Lorenzo Salgado se producirá en Texas, donde vivía la víctima
Internacional EE.UU. cancela la visa de la embajadora de Brasil por demora en avalar a su representante
La decisión responde a una serie de desacuerdos diplomáticos acumulados durante el último año

Como ahora, hace poco más de dos años había mucho enojo e indignación en México. Miles de personas salieron a las calles en solidaridad con los familiares de los normalistas desaparecidos. Parecía el despertar de la sociedad civil y el aviso de una ola creciente de protestas masivas. No fue así.

Al final, como ya lo expresé en este mismo espacio, el desfogue del descontento, la gran catarsis social, se dio más en las redes que en las calles. Movidas más por indignación que por agravios concretos, sin objetivos claros o realistas y sin un liderazgo que les diese sentido y dirección, las protestas lejos de crecer, se diluyeron.

Hoy la situación parece distinta: al acentuado descrédito de los políticos se suma el golpe del alza en los precios de las gasolinas; a la irritación por la gestión gubernamental y por el cinismo en el mundo político se añade un agravio tangible. Además, durante las protestas se ha ido delineando un objetivo claro: la anulación de los aumentos.

Así, las condiciones son más propicias para el tránsito del enojo desde las redes hasta las calles, como ha sido evidente en estos primeros días del año. La furia en las plataformas sociales se refleja en marchas, bloqueos y hasta en rapiña. Las redes han servido para socializar el costo de los aumentos, expresar el descontento y convocar protestas y saqueos (también para difundir mentiras).

Sin embargo, me parece que para que esta ola de protestas pueda mantenerse y trascender como un movimiento capaz de sacudir el sistema político, sigue haciendo falta un liderazgo que las vertebre y las encauce. Sin él, las protestas tenderán a disminuir. Cierto, este desenlace no será inmediato y, mientras, las protestas pueden volver a salirse de cauce o desvirtuarse. Pero al final ni la gasolina habrá bajado de precio ni habrá surgido un movimiento que perdure.

Lo que difícilmente se diluirá es el enojo acumulado. Por fortuna, a pesar del desencanto con los partidos y con la democracia misma, las elecciones aún ofrecen una avenida para canalizar institucionalmente ese malestar.