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Cuando uno escucha, cada final de año, la selección que diversas instituciones lingüísticas hacen de las llamadas palabras del año, suele imaginar a un grupo de intelectuales metiendo vocablos en una tómbola y sacando al azar a la ganadora. Nada más lejos de la realidad.

Las palabras del año quizá sí las elige un “consejo de sabios”, pero sobre todo reflejan lo que somos como sociedad. Son una especie de tomografía —a veces incómoda— de lo que nos hemos convertido como seres humanos.

Si hacemos una rápida revisión de las palabras elegidas en este 2025, el diagnóstico es claro: estamos enojados, confundidos, hiperconectados, mal informados y, por si fuera poco, cobrando impuestos hasta por respirar.

Comencemos el recuento.

La Fundación del Español Urgente (FundéuRAE), patrocinada por la agencia EFE y la RAE, eligió “arancel” como palabra del año. No “esperanza”, no “acuerdo”, no “futuro”. Arancel.
Un término que antes dormía tranquilo en los libros de economía y que este año se coló en la sala, en la sobremesa y en la conversación cotidiana, en gran parte por cortesía del presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

Después de décadas de globalización feliz, el mundo decidió volver a levantar muros… pero con recibo fiscal. El comercio internacional se convirtió en un campo minado.

Del otro lado de la pantalla, Oxford eligió “rage bait”, “el anzuelo de la ira”. Contenido hecho no para informar ni convencer, sino para provocar. Para que usted se enoje, comente, comparta y vuelva a enojarse.

No importa el tema: política, feminismo, fútbol o vacunas. Lo importante es que sangre. El enojo se volvió moneda digital y, como toda moneda, alguien siempre la está acuñando.

Cualquier similitud con el discurso de la 4T y sus partidarios… ¿Será mera coincidencia?

Merriam-Webster fue todavía más honesto —o más cruel— y eligió “slop”: basura digital generada por inteligencia artificial. Videos sin sentido, imágenes deformes, textos huecos. Contenido que no dice nada, pero ocupa todo.

No es que falte información: sobra porquería.

Y si alguien tenía dudas sobre el estado mental colectivo, ahí está Dictionary.com coronando “67”. No significa nada. No quiere decir nada. Se usa para no responder.

Es el “me da igual”, el “ajá”, el “lo que tú digas” de la Generación Alfa. Una palabra perfecta para una época que evade respuestas y huye de la complejidad.

Cambridge eligió “parasocial”: relaciones unilaterales con influencers, celebridades o incluso chatbots. Gente que sentimos cercana, aunque no sepa que existimos. Amistades imaginarias en alta definición. Soledad acompañada.

La Real Academia Española no elige palabra del año, pero sus incorporaciones dicen mucho. Entre las de este año están loguearse, simpa, turismofobia, milenial, brutal.

El diccionario ya no dicta cómo hablamos; va detrás, tomando nota.

Si uno junta todas estas palabras, el retrato de 2025 es claro: un mundo que cobra aranceles mientras consume basura digital, se indigna por deporte, evade respuestas con números absurdos y confunde cercanía con algoritmos.
Dígame si eso no define bastante bien este año.

Las palabras no mienten. A veces, los que mentimos… somos nosotros.

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