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En la misma semana del Grito en que el presidente López Obrador refrendó sus poderes de comunicación política con la ciudadanía, la casa de encuestas Gea/Isa publicó una minuciosa encuesta sobre lo que piensan los ciudadanos.

No quiero entrar demasiado en cifras, sino más bien registrar las tendencias que las cifras reflejan. La encuesta Gea/Isa exhibe con cierta claridad tres franjas de opinión.

La primera, muy favorable aunque descendente, sobre la aprobación del presidente: 61% en septiembre vs. 66% en junio.

La segunda, alta también pero ascendente, sobre el gabinete de López Obrador: 54% en septiembre vs. 47% en junio.

La tercera, muy distinta de las dos anteriores, sobre lo que la gente espera en las cuestiones fundamentales del gobierno.

Solo 35% espera mejoras en la educación. Solo 29% espera mejoras en la salud. Solo 19% cree que habrá mejoras en el combate a la corrupción. Y solo 18% cree que habría mejoras en seguridad.

Si le creemos a la encuesta, la contradicción es obvia: una confianza de sesenta y cincuenta por cientos en el Presidente y su gobierno, contra una desconfianza de treinta y menos veinte por cientos en sus resultados fundamentales: educación, salud, corrupción, seguridad.

Una diferencia tan alta entre la confianza en el Presidente y la desconfianza en sus resultados solo puede cerrarse con resultados.

Falta poner aquí el resultado más importante de todos, luego del crecimiento de la violencia: la desaparición del crecimiento económico.

Pienso que la credibilidad que tiene hoy el discurso presidencial necesariamente irá perdiendo fuerza si los resultados no lo acompañan.

La pregunta es entonces cuánto pueden mejorar los resultados del gobierno antes de que su credibilidad empiece a perderse.

La credibilidad del discurso es alta, la expectativa sigue siendo mayor que los resultados. El discurso presidencial ha logrado borrar o diferir los malos resultados de su gobierno.

Una pregunta clave de la encuesta de Gea/Isa es cuánto tiempo le dan los encuestados al nuevo gobierno para cumplir sus promesas. En diciembre la mayoría le daba un año. En junio le daban dos.

La eficacia del discurso presidencial ha ganado lo fundamental para un político: tiempo. Tiempo de tolerancia, margen de credibilidad.